LA NOCIÓN DEL ADVERSARIO POLÍTICO EN CALDERA

Rafael Caldera durante una visita al barrio Sierra Maestra en el 23 de enero. Caracas. 15 de junio de 1969.- rafaelcaldera.com
Gehard Cartay Ramírez
Muy pocas veces, aquí y en
cualquier parte, un líder político ha juzgado con tanta equidad a algunos de
sus adversarios, resaltando sus méritos y ubicándolos con justicia en el lugar que
la historia les ha reservado
(Papel
Literario de El
Nacional, 22 de noviembre de 2020)
En 2014 se inició la Biblioteca Rafael
Caldera (Cyngular ediciones) con un libro que reúne las semblanzas que el dos
veces elegido presidente de Venezuela hizo sobre otros líderes políticos
contemporáneos suyos.
La Venezuela Civil. Constructores de la República es el título de esta obra que, en mi opinión, no
registra antecedentes, al menos en nuestra reciente historia venezolana. Tal
circunstancia le proporciona una singularidad interesante, en virtud de que muy
pocas veces, aquí y en cualquier parte, un líder político ha juzgado con tanta
equidad a algunos de sus adversarios contemporáneos, resaltando sus méritos y
ubicándolos con justicia en el lugar que la historia les ha reservado.
Este importante hecho cobra mayor relevancia
en un país como Venezuela. Nuestra historia republicana siempre estuvo
caracterizada por guerras intestinas, revoluciones violentas, enfrentamientos
armados entre adversarios políticos y, en general, la lucha por eliminar al
contrario, incluso físicamente. En todo este difícil tiempo venezolano, el
combate por el poder siempre se apoyó en elementos militares y no en normas
civilistas, pacíficas y democráticas. Así transcurrieron el siglo XIX y más de
la primera mitad del siglo XX. (Hoy, dolorosamente, desde la llegada del
chavismo al poder en 1998 y ya finalizando la segunda década del siglo XXI,
hemos regresado a ese pasado ominoso.)
Si tales eran los presupuestos de la lucha
política, donde la vida del otro no importaba, con mucha más razón estaban
descartados, desde luego, el reconocimiento del adversario y de sus derechos
humanos, sus creencias ideológicas, políticas o religiosas. No había, por
tanto, respeto por el contrario, mucho menos estimación de sus virtudes o
méritos. Nada de eso, o muy poco, caracterizó el combate político de siglo y
medio en Venezuela.
Por ello, si algún mérito –entre muchos otros– debe atribuirse a las generaciones de 1928, 1936 y 1945 es haber luchado por civilizar la política a través de la condena de las soluciones de fuerza como medio de acceso al poder y, en consecuencia, la propuesta alterna de colocar en manos de los ciudadanos la elección de sus gobernantes. Porque ello comportó, en paralelo, el reconocimiento de la diversidad, el respeto y la consideración por el adversario, la igualdad entre los contendientes, la garantía del pluralismo y la libre discusión de ideas, así como el sometimiento a normas de justicia para dirimir conflictos.

Rafael Caldera y Rómulo Betancourt (1978).
rafaelcaldera.com
Muerto el dictador Juan Vicente Gómez en 1935
pareció abrirse una rendija democrática que incluyera la tolerancia, el respeto
y el diálogo con el adversario. La hubo, desde luego, con sus altos y bajos
durante los gobiernos de los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina
Angarita, herederos del gomecismo, aunque aquel proceso se caracterizó por sus
espasmos autoritarios. Vino luego el llamado trienio adeco, entre 1945 y 1948, producto del golpe de Estado
contra el gobierno medinista. Bajo el mando de la Junta Cívico Militar
presidida por Rómulo Betancourt, y una vez establecida constitucionalmente la
potestad popular para elegir al presidente de la República y los organismos
legislativos, se desataron entonces como demonios incontrolables la violencia
política, la intolerancia y el irrespeto entre los adversarios, estimulada
incluso por quienes gobernaban entonces.
Por desgracia, esta actitud de la dirigencia
política de esos días terminó arrasándolos a todos el 24 de noviembre de 1948,
al producirse el derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, y abrió paso a
la llamada década militar hasta el 23 de enero de 1958, cuando cayó la
dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, enemigo confeso de la democracia,
de los partidos políticos y de la tolerancia con quienes se le oponían.
Por lo tanto, en el campo político no hubo,
hasta la instauración de la República
Civil en 1959, un debate civilizado y de altura, que comportara la
consideración y la estimación por el adversario, aunque no se compartieran
ideas y objetivos. Y todo ello a pesar de algunos hechos aislados,
protagonizados por sectores minoritarios y extremistas (ciertas conspiraciones
militares y civiles sin éxito, atentado contra el presidente Betancourt,
terrorismo urbano, focos guerrilleros rurales, etc.), los cuales, sin embargo,
no alteraron la vida institucional del país, ni sus procesos electorales en
modo alguno.
Desde entonces comenzó a perfilarse un
ambiente de respeto y pluralismo que, con los años, permitió incluso la
camaradería entre rivales políticos, incluidos aquellos que, tras la política
de pacificación ejecutada por el primer gobierno del presidente Rafael Caldera,
se incorporaron a la lucha civil y democrática al iniciarse la década de los
setenta. Ya en 1978, Arturo Uslar Pietri observaba “como algo muy importante, muy llamativo, muy digno de
atención, el fenómeno de la convivencia política en Venezuela, porque ese
fenómeno no es común, es muy extraño. En este país todos los partidos políticos
conviven no sólo pacíficamente sino que, diría más, con cierto grado de
amistad” 1. Y lo atribuyó entonces al espíritu de reconciliación que
vivió el país luego del 23 de enero de 1958.
Sin embargo, a pesar de todos estos avances
civilizados y democráticos, la gran mayoría de los dirigentes políticos
venezolanos no han sido muy dados a reconocer el valor y los méritos de quienes
los confrontan. Al respeto y la camaradería no lo han seguido el reconocimiento
y la valoración que se le pueda tributar al otro, especialmente si se le ha
combatido.
Esa regla general de la política venezolana
–y tal vez mundial– la rompió Rafael Caldera, y de allí el valor y la
significación de su ejemplo. La suya fue una actitud, insisto, extraña y poco
común, y tal vez, por esto mismo, no ha sido valorada suficientemente, lo que
no deja de ser absurdo. En este sentido, ha privado más una cierta matriz de
opinión que algunos adversarios suyos crearon sobre un Caldera arrogante,
soberbio y rígido, incapaz de reconocer a quien lo enfrentara. Sin embargo, los
hechos han comprobado que aquello no era cierto.
La Venezuela Civil. Constructores de la República, el libro al que se ha hecho referencia, lo
demuestra palmariamente. Se trata de un conjunto de discursos, conferencias y
ensayos sobre seis venezolanos que vivieron su mismo tiempo, que lo adversaron
y a quienes también él adversó, con algunos de los cuales llegó a importantes
acuerdos, aunque en general con todos mantuvo importantes diferencias. Las
otras cuatro reseñas corresponden a compañeros y amigos socialcristianos que
compartieron con él sus luchas de toda la vida (Pedro Del Corral, Lorenzo
Fernández, Nectario Andrade Labarca y Mauro Páez Pumar). De los seis personajes
que fueron adversarios suyos, Caldera compitió con cinco de ellos –a excepción
del poeta Andrés Eloy Blanco– en tres elecciones presidenciales: con Rómulo
Gallegos en 1947; con Rómulo Betancourt en 1958; y con Raúl Leoni, Jóvito
Villalba y Arturo Uslar Pietri en 1963.
Su relectura, en estos días de obligado
confinamiento, me ha permitido reflexionar sobre la noción que Caldera tuvo con
respecto a sus adversarios políticos, a quienes siempre trató con respeto y
altura, sin regatearle méritos, sino exaltándolos dentro de la mayor equidad y
sentido de justicia. En 1955 explicaba así esa actitud advirtiendo que “se
puede luchar ardientemente sin negar el deber común de salvar lo fundamental
que a todos nos vincula y obliga” 2. Así se podría definir el
concepto de Caldera sobre sus adversarios políticos. Incluso, en un texto
publicado luego de su muerte –titulado Despedida–,
señaló que había tenido “adversarios políticos” pero, aclaraba a renglón
seguido, “ninguno ha sido para mí un enemigo” 3. Y agregó después:
“He intentado actuar con justicia y rectitud, conforme a mi conciencia. Si a
alguien he vulnerado en su derecho, ha sido de manera involuntaria”.
El historiador Elías Pino Iturrieta,
prologuista de la citada obra, destaca en estos textos calderianos el “encomio
de figuras junto con las cuales compartió el trabajo de establecer la democracia
representativa a partir del posgomecismo”. Y advierte más adelante: “Las
páginas más convincentes y justas de Caldera se dedican a quienes fueron sus
rivales en el juego habitualmente áspero de la política. Se acerca a sus
antagonistas para valorar las obras que trascendieron el ámbito de las
banderías. Distingue entre las menudencias y las colaboraciones
trascendentales, para atesorar únicamente lo que se volvió aporte colectivo y
enseñanza capaz de perdurar”. En todo caso, anota el prologuista, estas semblanzas
permiten “acercarse a la fibra humana de quien, según las versiones más
trajinadas, fue o trató de ser inaccesible al prójimo. El afecto que ahora
despliega hacia sus íntimos, así como sus consideraciones sobre los hombres con
quienes antagonizó, señalan lo contrario”.
Alguien podría señalar que tales semblanzas
fueron escritas después de fallecidas esas figuras. Y es verdad, con excepción
de Uslar Pietri, pues el discurso publicado fue pronunciado por Caldera para
recibirlo como Académico de Ciencias Políticas y Sociales en 1956. Pero tal
circunstancia no tendría ninguna importancia porque en vida de todos el
tratamiento que siempre les dispensó Caldera fue de respeto y consideración,
como se analizará más adelante. Y ello es muy importante por cuanto su gesto de
entonces acompañaría la sinceridad de sus escritos posteriores.
Rómulo Gallegos, “por encima del
bien y del mal”
La primera semblanza es la de Rómulo
Gallegos, con quien compitió por la presidencia de Venezuela en las elecciones
de diciembre de 1947, siendo el escritor un hombre consagrado, y Caldera apenas
un joven de 31 años, pero convertido ya en figura nacional. Aquél tenía de
antemano asegurada la victoria por una aplastante mayoría. Caldera lo sabía,
desde luego, pero con su novel candidatura buscaba consolidar nacionalmente al
partido que había fundado apenas un año antes.
A pesar de la diferencia de edades y
concepciones políticas e ideológicas siempre hubo entre ellos una cordial
amistad, marcada por el respeto y la consideración. Incluso, en cierto momento
de aquella dura campaña electoral de 1947, el maestro Gallegos hizo una
rectificación pública sobre alguna declaración suya contra el joven adversario,
gesto poco usual en política, pero característico en quien siempre fue un
modelo de caballerosidad y hombría de bien.
La reseña sobre Gallegos recoge la oración
fúnebre que pronunció el entonces presidente Caldera el siete de abril de 1969,
en ocasión de las exequias del gran escritor y ex Jefe de Estado, derrocado por
los militares en 1948. Se trata de una sentida elegía al ilustre compatriota
fallecido, en la que no se le ahorran elogios y justos calificativos que, en
honor a la verdad, honran a este y también a quien los pronunció en nombre de
todos los venezolanos. Así, Caldera rinde sincero homenaje al escritor, al
maestro, al hombre público e íntegro, “al esposo devoto y al padre bondadoso”
que llegó al fin de sus días “con el fulgor con que se sumerge suavemente en el
ocaso, en la ilimitada extensión del horizonte, el sol de nuestros llanos”.
Casi una década después,
en 1978, al cumplirse 50 años de Doña
Bárbara, Caldera escribió un enjundioso prólogo de una edición
conmemorativa, no sólo referido a esta obra en particular, sino también a otras
novelas galleguianas. En ese prólogo consignó importantes consideraciones sobre
la personalidad política del escritor. “Estoy convencido –escribió entonces– de
que Gallegos sabía que su destino era ser Presidente y terminar por el
derrocamiento en un exilio lleno de dignidad ejemplarizadora”. Señaló que luego
de su regreso del largo destierro, tuvo muchas oportunidades de conversar con
él, por lo cual, agregó, “me siento con autoridad para afirmar que el Rómulo
Gallegos que vivió en Venezuela entre 1958 y 1969 –aunque no hubiera podido
curarse definitivamente del duro fracaso experimentado el 24 de noviembre y de
la desgarradura de la pérdida de su amada Teotiste– fue quizás el venezolano
más feliz, porque vio cumplidas sus esperanzas y despejadas sus angustias y porque
en cierto modo la Venezuela que comenzó a vivir venía a ser como una nueva Altamira donde se estaban abriendo caminos y trajinando horizontes, como si
fuera aquello un capítulo adicional al capítulo final de Doña Bárbara”.
La admiración de Caldera por la figura
patriarcal de Gallegos la demuestran también los comentarios que en sus clases
de sociología hacía sobre la obra novelística del ilustre escritor, pues “al hacer referencia a ese gran documento social
que es la novela venezolana, y la novela hispanoamericana en general, señalé
siempre a Doña Bárbara como la obra optimista por excelencia” 4.
Andrés Eloy Blanco y “la multiplicidad de su
talento”
Andrés Eloy Blanco y
Rafael Caldera fueron las figuras estelares de la Asamblea Constituyente de
1947, por cierto, una de las más calificadas en la historia venezolana.
Como constituyentes,
ambos fueron oradores excelentes, a pesar de sus estilos tan distintos. Ambos
dictaron entonces cátedra de Derecho y de lógica jurídica. Ambos se lucieron en
su capacidad argumental y en la solidez de la defensa de los principios que
cada uno sostuvo entonces. Y en medio de aquella confrontación surgió una
cordial amistad, como lo señalara Caldera en la reseña El amortiguador de la Constituyente.
El poeta cultivó
admirablemente muchos amigos, sin atender criterios políticos o ideológicos, ni
de ninguna otra naturaleza. Por esa razón fue muy cercano al presidente Isaías Medina
Angarita, con quien compartía bohemia y tragos, acaso el único dirigente adeco
que lo hizo, lo que, al parecer, le valió reclamos desde su tienda política.
El poeta era 20 años
mayor que Caldera. Este recuerda haberlo conocido, antes de 1936, “en alguna
fiesta social donde le expresaría la admiración de nuestra generación
adolescente por su obra literaria…”
Caldera cuenta que luego Andrés Eloy lo invitó al bautizo de su obra Baedeker 2000, acto realizado en el
Ateneo de Caracas, cuando aquel apenas contaba 22 años. Ya se había destacado
como líder de la Unión Nacional Estudiantil (UNE), autor de una laureada
biografía de Andrés Bello y proyectista de la Ley del Trabajo. Obviamente, al
poeta debió haberle llamado la atención la figura del joven universitario que
ya despuntaba como líder emergente.
En 1941, siendo ambos
diputados al Congreso, se iniciaría una amistad por encima de las diferencias
que siempre hubo en los debates. Caldera lo recordaría luego como un orador “de
extraordinaria vivacidad”, quien con “la multiplicidad de su talento”
enriqueció aquellas discusiones donde destacaban “los brillantes destellos de
su ingenio”. Igualmente subrayaría su papel como presidente de la Constituyente
entre 1947 y 1948: “Él influyó, como ninguno, en mantener la unidad orgánica de
un cuerpo dividido en fracciones ardientemente opuestas. Y cuando la violencia
verbal hacía parecer imposible la permanencia de la minoría en el seno de la
Asamblea, él buscaba en los inagotables recursos de su talento la manera de echar,
sin aparecer desautorizando abiertamente a sus más apasionados compañeros, un
refrigerio sobre el espíritu atormentado de la cámara, que era un eco del
espíritu angustiado de la Patria”. De allí que, con toda justicia, lo
calificara como “el amortiguador de la Constituyente”.
Cuando Andrés Eloy
Blanco murió el 20 de mayo de 1955 en un trágico accidente automovilístico
ocurrido en México, Caldera escribió como homenaje póstumo un sentido ensayo
sobre su amigo, el hombre y el poeta, que debió publicarse en la revista Elite dos días después de la tragedia,
pero la censura de la dictadura perezjimenista lo impidió. Tiempo después
circuló de mano en mano y apareció en algunas publicaciones del exterior. Se
trata del mismo texto que contiene la semblanza del poeta que venimos citando.
Rómulo Betancourt: “Un gran venezolano”
De los adversarios
políticos cuya semblanza hizo Caldera, sin duda fue Rómulo Betancourt con quien
mejor se entendió siempre, dentro de una amistad respetuosa y cordial,
correspondida recíprocamente.
El líder socialcristiano
siempre destacó el papel protagónico e ideológico que cumplió Betancourt
durante su larga vida pública. Llegó a calificarlo como “el venezolano de mayor
importancia política de los últimos cincuenta años”, tiempo, por cierto, que lo
incluía a él también.
La relación política
entre ambos tuvo varios momentos muy específicos, a veces enfrentados y otras
aliados, pero siempre dentro del mayor respeto. Cada uno, a su manera, encabezó
sus respectivas generaciones y transitaron luego un difícil camino en la lucha
por la democracia venezolana y por un país mejor. Entre ellos hubo importantes
diferencias, tanto desde el punto de vista ideológico como desde el punto de
vista de su actuación política, pero también se registraron coincidencias
notables.
La primera se produjo en
1936, cuando se dividió la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), que
entonces estaba influenciada por sectores de izquierda y tendencias
marxistoides, cuyos directivos llegaron a solicitar la expulsión de los
jesuitas del país y exigieron al gobierno lopecista garantizar “el carácter
laico de las instituciones venezolanas contra los atentados del clericalismo
intervencionista”. Contra esa posición insurgió un sector de jóvenes
liderizados por Caldera y al no ser escuchados decidieron separarse de la FEV.
Betancourt
se opuso a aquella actitud de la mayoría de la FEV: en un artículo aparecido en
El Heraldo, reafirmó su convicción de
que tal conflicto “a ratos más bien temo que venga a hacerle el juego a los
enemigos de la democracia, por cuanto puede sembrar elementos de desintegración
entre las organizaciones políticas que son su más firme apoyo” 5. Al
respecto, Caldera señalaría en una columna publicada en El Universal, también por esos mismos días, que aquel conflicto
“sería ciertamente causa de desunión en el estudiantado, y hasta llegaría a
trascender al ambiente nacional” 6. Como puede constatarse, los dos
líderes, uno de 28 y otro de 20 años, coincidían -sin proponérselo- sobre la
inconveniencia de haber planteado el conflicto religioso en el seno de la FEV.
En 1944 se
producirá la segunda coincidencia. El 15 de mayo de aquel año se realizó un
gran mitin en el Nuevo Circo de Caracas en protesta por la ausencia de
incompatibilidades entre las funciones ejecutivas y legislativas (Uslar Pietri,
por ejemplo, fue simultáneamente Ministro de Relaciones Interiores y Diputado
por Caracas). En aquella concentración popular, Betancourt y Caldera –junto a
Jóvito Villalba– se opusieron a tal práctica y propusieron el establecimiento
de un régimen de incompatibilidades, por cuanto consideraban inconveniente que
el Poder Legislativo continuara manteniendo una relación subalterna ante el
Poder Ejecutivo.
La tercera coincidencia
se dará en enero de 1945, a propósito de la designación de los diputados al
Congreso Nacional que debía hacer el Concejo Municipal de Caracas, en virtud de
que así lo establecía el régimen electoral de segundo y tercer grado, entonces
vigente. Betancourt y Caldera acordaron presentar una lista de candidatos para
enfrentar la del gobierno de Medina Angarita, integrada por Rómulo Betancourt y
Lorenzo Fernández como candidatos a diputados principales; y como suplentes
Gonzalo Barrios y Rafael Caldera. Esa plancha fue derrotada por la del
gobierno, encabezada por Arturo Uslar Pietri y Carlos Irazábal, del Partido
Democrático Venezolano (PDV) 10. Como puede observarse, la lista
opositora la integraron dos posteriores presidentes de Venezuela, y también dos
candidatos presidenciales derrotados en su oportunidad.
La cuarta coincidencia
tendrá lugar el 18 de octubre de 1945, con motivo del derrocamiento del
gobierno del general Medina Angarita por parte de la joven oficialidad militar
y de un grupo de civiles, encabezados por Betancourt. Caldera y sus seguidores
–aún no se había fundado el partido Copei– apoyaron tal acción.
Luego, en 1946, vino la
ruptura y con ella agresivos enfrentamientos entre AD y Copei, aunque nunca
entre Betancourt y Caldera en el plano personal, ni siquiera –como ya se anotó
antes– entre Rómulo Gallegos y Rafael Caldera cuando compitieron por la
presidencia en 1947. Lo cierto fue que luego del golpe de Estado contra el
ilustre escritor vino la llamada década militar que abrió paso a la dictadura
perezjimenista, concluida en enero de 1958.
En diciembre de aquel
año fue la única vez que se enfrentaron Betancourt y Caldera por la presidencia
de la República. Antes del proceso electoral se había firmado el Pacto de Puntofijo, que comprometió a
los candidatos participantes –Betancourt, por Acción Democrática (AD); Wolfgang
Larrazábal, por Unión Republicana Democrática (URD) y el Partido Comunista de
Venezuela (PCV) y Caldera, por el Partido Social Cristiano Copei– a realizar un
gobierno de unidad nacional, con metas consensuadas entre todos ellos.
Lo demás es historia
conocida: la experiencia del gobierno de coalición presidido por Betancourt y
apoyado por Caldera y su partido hasta el último día, en medio de muy difíciles
circunstancias, entre ellas, conspiraciones de la extrema derecha y la extrema
izquierda, terrorismo urbano y guerrillas rurales, todas ellas derrotadas
política y militarmente en su momento.
Caldera sería electo
presidente en 1968, luego del gobierno de Raúl Leoni. Hubo entonces ciertos
intentos dentro de AD que pretendían desconocer su elección y en esa situación
tan peligrosa, agregaría Caldera en su semblanza sobre Betancourt, “debo decir,
en cuanto a mí concierne, que no me cabe duda de que su palabra contribuyó a
que se reconociera y aceptara el triunfo electoral que me llevó a la
Presidencia de la República en las elecciones de 1968”. Y no sólo eso: cuando
se produjeron enconados enfrentamientos por la férrea oposición de AD al
gobierno de Caldera, Betancourt “siempre hizo lo posible por lograr que, por
encima de la lucha partidaria, hubiera la visión de esta institucionalidad que
es de todos, que a todos nos corresponde y que todos estamos en el deber de
preservar”.
La parábola vital de Rómulo Betancourt, título de la reseña que comentamos, constituye
una “justiciera aproximación a quien fue, como se sabe, seguramente su rival de
mayor peso en el juego político”, al decir de Pino Iturrieta en el prólogo de
la obra. Y así es, ciertamente. Porque Caldera hace un análisis de la larga
trayectoria política de Betancourt a través de una precisa comprensión de las
circunstancias que la envolvieron y, a partir de esos juicios, destaca sus
cualidades como estratega, ideólogo y estadista, con un profundo conocimiento y
sentido de la Historia.
Al inicio de esta
semblanza –en realidad, una conferencia inaugural de la Cátedra Rómulo
Betancourt en la Universidad Rafael Urdaneta de Maracaibo, pronunciada el 19 de
mayo de 1988–, Caldera señaló que seguramente este hubiera sido el tipo de
homenajes que hubiera preferido: “Quizás, permítaseme decir, mucho más que
algunas expresiones que él habría considerado un tanto cursis”. Y agregaría
luego: “Más que la deformación de una vigorosa personalidad que tiene un haber
extraordinario dentro de la construcción de la Venezuela nueva y cuya realidad
humana es, a mi modo de ver, superior al mito un tanto arbitrario con que a
veces se la pretende sustituir”.
Raúl Leoni: “Ejemplo de vida pública y privada”
No fue nunca estrecha la relación amistosa entre
Leoni y Caldera. Fue, más bien, una vinculación tardía, respetuosa y cordial, a
partir de 1959, siendo Leoni senador y Caldera diputado, cuando uno y otro
presidieron sus respectivas cámaras legislativas. Así lo señaló el segundo en
la semblanza del primero, contenida en la oración fúnebre que como presidente
de la República pronunció en sus exequias en 1973.
Raúl Leoni, nacido en 1905, le llevaba once años a
Caldera, y fue el presidente de la Federación de Estudiantes en 1928, detenido
en el Cuartel San Carlos por los sucesos de la Semana del Estudiante.
Inmediatamente, marcharía al destierro para regresar en 1936. Al poco tiempo,
fue de nuevo expulsado del país, pero esta vez su ausencia sería breve. En 1941
figuró en el núcleo fundador de AD, y en 1945, al ser derrocado el general
Medina Angarita, formó parte de la Junta Revolucionaria de Gobierno que
presidió Betancourt. En 1948, el presidente Gallegos lo designó Ministro del
Trabajo, materia que lo atraía, y al ser derrocado el escritor presidente salió
a un largo exilio. Regresaría a la caída de la dictadura pérezjimenista en
1958.
Desde 1959, como presidente y vicepresidente del
Congreso, respectivamente, Leoni y Caldera entablaron una relación amistosa y
cordial, aunque no cercana en demasía. “Mientras se realizaban largas sesiones
conjuntas, hubo amplias posibilidades de dialogar”, dijo Caldera en aquel
discurso. Hablaron entonces, entre otras cosas, de las experiencias de Leoni
como presidente de la FEV en 1928. “Pero los mejores afanes de aquellos tres
años en los cuales ejercimos las presidencias de las cámaras fueron los
dedicados, con optimismo indesmayable, a la preparación discusión y sanción de
la nueva Carta Fundamental que entró en vigencia el 23 de enero de 1961”.
En esa delicada tarea, agregaría Caldera, “nos tocó
conjugar opiniones disímiles para obtener un margen de consenso como
difícilmente lo ha tenido otro ordenamiento constitucional en Venezuela”. Aquel
texto fue rubricado por ambos líderes, y tal vez por esa misma circunstancia a
nadie podría extrañar que ambos, en ese mismo orden, fueran elegidos
sucesivamente presidentes de Venezuela en 1963 y 1968.
Y es que, para suceder al presidente Betancourt, los
venezolanos fueron a las urnas en diciembre de 1963. En esa campaña electoral
compitieron Leoni y Caldera, no obstante la curiosa situación de los dos: ambos
eran candidatos presidenciales de los partidos que apoyaban al gobierno –AD y Copei– en virtud del Pacto de Puntofijo, una vez que URD, la
organización política que liderizaba Jóvito Villalba, se retirara de la
coalición. Se trataba de una circunstancia muy peculiar, ciertamente, pues era
absurdo que ambos se confrontaran, porque sus discursos electorales guardaban
semejanzas en cuanto a la defensa de la democracia y del sistema de libertades
ante la arremetida castrocomunista, mientras cada uno exponía su programa de
gobierno, aspecto en el cual sí podían apreciarse algunas diferencias.
Pero mientras Leoni y su comando de campaña
esquivaron enfrentarse con los candidatos opositores –Jóvito Villalba (URD),
Arturo Uslar Pietri (Independiente) y Wolfgang Larrazábal (Fuerza Democrática
Popular)–, el abanderado copeyano sí lo hizo con los dos primeros. Fue así como
debatió por televisión con Villalba y luego con Uslar Pietri y, a juzgar por
los resultados electorales, venció a ambos en cada ocasión. A eso se debió que,
al final, Leoni resultara electo presidente y Caldera ocupara el segundo lugar,
por lo que los candidatos del gobierno sumaron más del 50 por ciento de los
votos.
En estas circunstancias, Betancourt recomendó a
Leoni y a su partido continuar el gobierno de coalición con Copei, vistos los
resultados y la lealtad de los socialcristianos con su gobierno. Leoni y AD
rechazaron esa propuesta y más bien decidieron pactar con URD y el uslarismo.
Caldera y Copei, por su parte, adoptaron una estrategia que llamaron “Autonomía
de Acción” (AA), mediante la cual se deslizaron inteligente y prudentemente al
campo opositor frente al gobierno de Leoni. Sus resultados fueron exitosos
porque, a la vuelta de cinco años, Caldera resultó electo presidente en los
comicios de 1968.
En todo caso, la actitud del líder copeyano frente a
Raúl Leoni fue en todo momento de respeto y consideración. Por eso pudo decir
en su semblanza que aquel fue “un venezolano eminente, lleno de mérito por el
ejemplo de su vida pública y privada”.
“Ojalá
que este ejemplo –agregó el entonces presidente Caldera en sus palabras
finales– sirva de lección perdurable a las generaciones jóvenes, ante las que
debemos siempre demostrar la consideración que se debe a los hombres aun cuando
se hallen ubicados en posiciones diferentes, y mantener la vinculación
solidaria que impone el deber de servir a la Patria con amor a la justicia, en
la libertad y con humana dignidad”.
Arturo
Uslar Pietri: “Uno de los valores más representativos”
Tal vez haya sido Arturo Uslar Pietri el adversario
político de Rafael Caldera con quien tuvo mayores semejanzas en el campo
intelectual, docente, académico y en la producción de una obra editorial sólida
y sistemática.
Diez años mayor que Caldera, Uslar Pietri alcanzó
notoriedad y poder político cuando apenas traspasaba la treintena, sin haber
sufrido cárcel y exilio como muchos de sus contemporáneos de la Generación del
28, con cuyas luchas no estuvo comprometido. Por el contrario, fue amigo muy
cercano de los hijos del general Juan Vicente Gómez y luego funcionario
diplomático durante su régimen. Muerto este, se estrenó entonces como el
ministro más joven del gobierno de general Eleazar López Contreras en 1939. Al
asumir la presidencia el también general Isaías Medina Angarita, Uslar Pietri
pasó a convertirse en su mano derecha como superministro y fundador y jefe del
Partido Democrático Nacional (PDN), soporte del gobierno, hasta el punto que el
presidente llegó a decirle que él debería sucederlo en el cargo, pero que
lamentablemente no reunía las dos condiciones imprescindibles entonces para
ello: ser tachirense y militar 7.
De modo que cuando Caldera, con apenas 20 años,
irrumpe en la política como líder de la UNE, ya Uslar Pietri está encaminado a
ser hombre de poder. Ambos asumen caminos distintos. Caldera cree en la
necesidad de un cambio profundo luego de la larga noche gomecista, y piensa que
los causahabientes del dictador no se atreven a ejecutarlos, a pesar de poder
hacerlo. Uslar Pietri, en cambio, sostiene que el proceso debe ser gradual, y
por ello terminará siendo el gran ideólogo que convenció a Medina Angarita de
no ceder ante la exigencia de entregarles a los venezolanos la decisión de
elegir sus gobernantes, cuando se discutió la reforma parcial de la
Constitución en 1945.
Al caer Medina Angarita el 18 de octubre de ese
mismo año, Uslar Pietri es detenido, extrañado del país y juzgado en ausencia.
Viaja a Estados Unidos y retornará en 1950. Desde entonces se desliga de la
política. En todo este tiempo, Caldera siempre estuvo ubicado en la acera de
enfrente a la de Uslar Pietri. No apoyó los gobiernos de López ni de Medina Angarita,
a pesar de reconocerles sus aspectos evolutivos. Respaldó inicialmente, en
cambio, la llamada “Revolución de Octubre”, como denominaron sus autores al
golpe de Estado contra el gobierno medinista y el conjunto de medidas y
políticas adoptadas en los tres años siguientes. Ya como opositor, participó en
los comicios convocados, tanto para elegir la Constituyente en 1946 como al
presidente de la República en 1947. A la caída de Gallegos exigió a los
militares restaurar la democracia y fue, junto a Jóvito Villalba, adalid en la
lucha por escoger una nueva Constituyente en 1952, proceso que Pérez Jiménez
abortó para adueñarse del poder.
La semblanza que Caldera hizo de Uslar Pietri en
1955 –contenida en el libro La Venezuela
Civil. Constructores de la República– fue a propósito de la incorporación
de este último como Individuo de Número de la Academia de Ciencias Políticas y
Sociales. Al académico Caldera le correspondió entonces responder el discurso
del académico entrante. Aquel evento se cumplió diez años después del
derrocamiento del general Medina Angarita, que –como ya se anotó antes– supuso
también la abrupta interrupción de la ascendente carrera política del propio
Uslar Pietri.
Por aquellos días la dictadura del general Marcos
Pérez Jiménez estaba en su apogeo. Uslar Pietri seguía retirado de la política,
dedicado a sus actividades privadas. Caldera continuaba en la resistencia
civil, tratando de mantener a flote su partido Copei y ejerciendo como abogado
litigante y docente universitario.
Aquel discurso de Caldera constituyó un generoso
reconocimiento a la actividad intelectual y a la preocupación de Uslar Pietri
por el destino de Venezuela. La semblanza la inicia con una relación sintética
de la obra literaria del nuevo académico. Luego analiza su labor en materia de
historia, crítica literaria y temas de economía venezolana. También se referirá
a la función docente y universitaria de Uslar Pietri, sin olvidar “la destacada
figuración que ha tenido y el desempeño de posiciones sobresalientes, de lo que
no es necesario hablar por ser sobradamente conocido y por constituir motivo de
polémica a que no ha sido ajeno quien os habla”.
Seguidamente, Caldera advirtió que, quizás, no era
el más llamado a contestar el discurso del nuevo académico, pero que había
aceptado con gusto el encargo de darle la bienvenida “a quien sin duda
constituye uno de los valores más representativos de las generaciones
venezolanas que han actuado después de 1935”. Lo que sigue son sus comentarios
sobre el discurso de Uslar Pietri, cuyo tema central lo constituyó la
influencia del petróleo en la evolución moderna de Venezuela y de los
venezolanos, apoyado en análisis económicos, datos y estadísticas, así como
también sus densas interpretaciones sociológicas. Sin embargo, al analizar el
concepto contenido en la frase uslariana sembrar
el petróleo –entendida como su utilización para “fomentar otras fuentes de
producción”–, Caldera considera más bien que esta puede ser parte de un
concepto mucho más amplio, que él resume en otra frase igual de corta y
efectiva: dominar el petróleo. Y ello
significa “integrar de lleno la economía petrolera en la economía venezolana”,
nunca superpuesta aquélla sobre esta.
Tres años después, la caída la dictadura
pérezjimenista sorprende a Uslar Pietri detenido por haber firmado, pocos días
antes, un documento de algunos intelectuales planteando que se cumplieran los derechos consagrados en la
Constitución y las leyes. Se trata de su primera salida al ruedo político,
luego de 13 largos años de aislamiento voluntario. Mientras tanto, Caldera se encuentra en Nueva York, luego de haber
estado preso varios meses en la Seguridad Nacional. Pero ambos continuarán, al
igual que en el pasado, senderos diferentes.
Ya se sabe lo que vino después de aquel fulgurante y
peligroso año. En las elecciones de diciembre de 1958 Caldera participa como
candidato presidencial y ocupa el tercer lugar, detrás de Betancourt y
Larrazábal. Uslar Pietri sale electo senador por el Distrito Federal en las
planchas de URD, gracias a un generoso ofrecimiento de su amigo Jóvito
Villalba. Cinco años después, Caldera y Uslar Pietri competirán como candidatos
presidenciales en las elecciones que gana Raúl Leoni. Como ya se dijo antes,
Caldera llega de segundo y Uslar Pietri de cuarto, después de Villalba. Lo
importante es que ambos se confrontaron en aquel proceso. Uslar Pietri trató –y
tal vez lo logró– de restarle votos a Caldera dentro de la clase media. Tal vez
esa circunstancia llevó al líder socialcristiano a debatir por televisión con el
entonces candidato independiente.
De allí en adelante, Uslar Pietri actuará
erráticamente en casi todo asunto político: de candidato antiadeco pasa a
colaborar con el nuevo gobierno de AD, presidido por Leoni. Y de candidato
independiente pasa a fundar un partido. Al poco tiempo se retira del gobierno
de Ancha Base y del partido que fundara en 1964.
En 1968, Caldera ganará la presidencia de la
República, derrotando a Gonzalo Barrios, candidato de AD. Uslar Pietri apoyará
entonces un candidato independiente y desconocido para las mayorías –Miguel
Ángel Burelli Rivas–, integrando un frente electoral junto con Villalba y
Larrazábal.
En 1974, el presidente Carlos Andrés Pérez nombrará
a Uslar Pietri como embajador ante la Unesco. Retornará al país en 1978. Vendrán
diez años de hibernación, hasta que resuelve encabezar un grupo denominado “Los
Notables”, a los fines de procurar la destitución de CAP en 1993. Más tarde,
enfrentará agresivamente a Caldera, cuando resulta electo presidente por
segunda vez. Durante el carnaval del 2000, amargado y decepcionado, muere en su
casa de Caracas.
Jóvito
Villalba: “Uno de los grandes luchadores democráticos”
Cuando en 1936 Rafael Caldera y un grupo de jóvenes
católicos se separaron de la Federación de Estudiantes de Venezuela y fundaron
la Unión Nacional Estudiantil, Jóvito Villalba era el presidente de aquella
organización, entonces nimbada por el prestigio y el apoyo de buena parte de la
opinión pública.
Pero esa circunstancia no fue un obstáculo para que
Caldera lo calificara –en un artículo a propósito de su muerte el ocho de julio
de 1989– como “un brillante conductor de la generación del 28”, cuyo discurso
en el Panteón Nacional aquella Semana del Estudiante “fue para las generaciones
que vendríamos después una especie de clarinada simbólica del deber que nos
tocaría cumplir. La dignidad con que soportó grillos en las cárceles de la
tiranía se constituyó en una especie de signo legendario del padecimiento de la
juventud rebelde en una Venezuela arcaica que agonizaba, y su liderazgo el 14
de febrero de 1936 representaba la confirmación de que el viejo tiempo que se
iba no volvería, y en caso de volver, jamás podría prevalecer”.
Años más tarde, Caldera y Villalba
transitarían veredas distintas. Villalba se aproximó a Medina Angarita, cuyo
gobierno respaldó aunque no dejó de hacerle saber sus observaciones, entre
ellas, la necesidad de establecer el voto universal, directo y secreto para
elegir al presidente de la República y los senadores y diputados del Congreso
Nacional. Otra importante materia en la que criticó las políticas del régimen
medinista fue la del ejercicio simultáneo de funciones ejecutivas y
parlamentarias. Entonces se produjo la primera coincidencia entre Villalba y
Caldera, a la que se sumó Betancourt. Los
tres –como ya se
anotó antes– hablarían
en un mitin celebrado el 15 de mayo de 1944 en el Nuevo Circo de Caracas,
convocado para protestar contra el sistema de compatibilidades vigente entre
las funciones ejecutivas y legislativas.
No obstante esa circunstancia, Villalba se opuso a
los sucesos del 18 de octubre de 1945, que contaron con el apoyo de Caldera.
Más adelante, ambos se opondrían al gobierno de AD y los militares, incluyendo
también el que encabezó el escritor Rómulo Gallegos, elegido en 1947.
Sin embargo, la coincidencia entre Villalba y
Caldera continuaría en los años siguientes. Ambos exigieron a los militares que
en 1948 derrocaron a Gallegos la transitoriedad en su actuación y la
convocatoria a elecciones, a lo que se comprometió el coronel Carlos Delgado
Chalbaud, presidente de la Junta de Gobierno. Asesinado este último en 1950,
lucharon porque se continuara aquel proceso, aún en medio de todo tipo de
adversidades. Juntos liderizaron la oposición democrática y civilista de cara a
la elección de una Asamblea Constituyente en 1952, donde sus fuerzas obtuvieron
el respaldo de las mayorías populares. El coronel Marcos Pérez Jiménez
desconoció aquellos resultados y usurpó el poder para instalar una dictadura
militarista y desarrollista en 1953.
Villalba fue entonces aventado al exilio. Caldera
permaneció en el país. Y en enero de 1958 ambos coincidieron en Nueva York,
junto a Rómulo Betancourt, cuando se produjo la caída de aquella dictadura.
Entonces se comprometieron a lo que luego recogería el Pacto de Puntofijo, firmado en noviembre de ese mismo año por los
candidatos presidenciales Betancourt, Larrazábal y Caldera, así como los
partidos que los respaldaron. Al ser electo el primero ellos, su gobierno se
apegó a aquel compromiso mediante una coalición entre AD, URD y Copei, de la
que se retiraría tempranamente el partido de Villalba en desacuerdo con la
condena contra el intervencionismo cubano que Betancourt promovió en la OEA.
El proceso eleccionario de 1963 sería la única
ocasión en que Caldera y Villalba se confrontaron como candidatos
presidenciales e, incluso, debatieron por televisión, en términos de mucha
altura y profundidad. Fue la oportunidad en que, como ya se señaló, Caldera
también compitió con Leoni –quien resultó victorioso– y Uslar Pietri, es decir,
tres de los adversarios políticos que reseñó en La Venezuela Civil. Constructores de la República.
Al ganar la presidencia el líder copeyano en 1968,
Villalba, que había apoyado junto a Uslar Pietri y Larrazábal la candidatura
independiente de Burelli Rivas, le hizo de seguidas una oposición agresiva y
contundente a su gobierno. En las siguientes elecciones de 1973 presentaría su
candidatura presidencial por segunda y última vez, pero resultó aplastado por
la polarización entre AD y Copei.
En 1978 apoyó al socialcristiano Luis Herrera
Campíns y en 1983 al socialdemócrata Jaime Lusinchi, ambos triunfadores de
aquellos procesos electorales, aunque su partido URD ya se encontraba en franca
decadencia. Moriría cinco años después, el ocho de julio de 1989.
“Jóvito
Villalba –resaltaría Caldera en aquella semblanza del líder civilista y
democrático– era un ser de inteligencia lúcida, un líder de innegable carisma,
un orador de brillo excepcional. Su vida quedó comprometida con el destino en
los días memorables del año 28; su huella se marcó a través del proceso, a
veces duro y áspero, que de largo parecía interminable, y que condujo
definitivamente a demostrar, desde el 23 de enero de 1958, que el pueblo
venezolano sí era apto para ser libre, para gobernarse a sí mismo y para
marchar sin sufrir a sus espaldas la bota del gendarme ni la peinilla
deprimente de los agentes de la barbarie (…) Jóvito Villalba será reconocido
siempre como uno de los grandes luchadores democráticos de la Venezuela moderna”.
Caldera: La Venezuela civil y civilizada
Quien lea estos testimonios hoy en día pensará, con
toda razón, que se trata de otra Venezuela, tal vez muy distante en el tiempo.
Se trata, sí, de otra Venezuela, aunque no tan lejana. Pero la conversión de la
política en una siembra permanente de odios, iniciada por el teniente coronel
Hugo Chávez Frías tan pronto llegó al poder y continuada por sus herederos,
podría dar la sensación de que esa otra Venezuela, tan distinta a la de hoy,
pertenece a una etapa histórica distante y recóndita.
Porque eso es precisamente lo que habría que
destacar en torno a la noción de Rafael Caldera sobre el adversario político,
especialmente en estos lastimosos tiempos que implican un regreso a la política
del siglo XIX y la primera parte del siguiente, sustentada en la eliminación
del adversario y su negación a todo evento, como ya se ha anotado.
La mal llamada revolución
bolivariana se negó al diálogo desde sus inicios y señaló a sus adversarios
como objetivos políticos y militares, como consecuencia de la concepción
militarista de su extinto jefe. De esta manera, rechazaron de plano cualquier
iniciativa de entendimiento y diálogo, cerrando puertas y ventanas a los demás
sectores de la opinión pública, los que, por cierto, siempre fueron y siguen
siendo mayoría, a pesar de que el chavismo en el poder se propusiera el
ejercicio del poder de manera hegemónica, arrogante y autoritaria. Así fue como
regresaron la política a su estadio más primitivo y criminal, negando no sólo el
pluralismo y la diversidad, sino, incluso, la consideración del contrario en
tanto persona humana.
De allí al igualamiento de la lucha política con la
guerra fratricida no había mucha distancia y los hechos posteriores lo han
evidenciado: opositores asesinados, desaparecidos, presos de conciencia,
secuestrados, torturados y exiliados nos han retornado a las peores épocas,
cuando dictaduras criminales se apoderaron del destino nacional, con sus
lamentables resultados. Por eso mismo, en un libro que se publicó en 2006 7,
escribí sobre los orígenes ocultos del chavismo, analizando las trágicas
experiencias pasadas como sustento fundamental de la neodictadura que se ha
venido implantando en Venezuela en los últimos años.
Por estas razones, los testimonios ya citados de
Caldera sobre sus adversarios retratan fielmente el respeto y la consideración
que tuvo por ellos, más allá de las confrontaciones que pudieron sostener,
siempre en un plano de altura. Y hay más todavía: demuestran la admirable capacidad
calderiana para resaltar los méritos y virtudes de sus contendientes, sin pizca
de resentimiento y mucho menos de mezquindad y egoísmo. Por eso insisto en
resaltar que se trata de un caso singular, pocas veces visto en la política
venezolana de los últimos tiempos.
Pero evidencian también una luminosa etapa
histórica, la Venezuela Civil, donde
entre todos pudo hacerse un esfuerzo común, por encima de las naturales
diferencias, abriendo siempre campo a las necesarias coincidencias en función
del bien común de los venezolanos.
NOTAS
1 Alfredo
Peña, Conversaciones con Arturo Uslar
Pietri, Editorial Ateneo de Caracas, 1978, página 64.
2 Rafael Caldera, La
Venezuela Civil. Constructores de la República, Grupo Editorial Cyngular,
Caracas, 2014. Todas las citas referidas a los personajes reseñados por Caldera
–salvo una- han sido tomadas de este libro.
3 Rafael Caldera, Despedida,
inserto la publicación En las exequias de
Rafael Caldera, sin fecha ni mención editorial, páginas 7 y 8.
4 Rafael Caldera, Prólogo a la edición conmemorativa
de los 50 años de Doña Bárbara,
Editorial Dimensiones, 1979.
5 Gehard Cartay Ramírez, Caldera y Betancourt, Constructores de la Democracia, Editorial
Dahbar, segunda edición, Caracas, 2018, páginas 46 y 47.
6 Ibídem, páginas 46 y 47.
7 Gehard Cartay Ramírez, Orígenes ocultos del chavismo. Militares, guerrilleros y civiles,
Editorial Libros Marcados, Caracas, 2006.