23 de enero de 1958 - Humberto Calderón Berti
Historia de Venezuela, Rafael Caldera,
Reflexiones para los treinta años del 23 de enero
Columna de Rafael Caldera «Panorama», escrita para ALA y publicada en El Universal, del 27 de enero de 1988.
Al cumplirse el 23 de enero 30 años de la instauración del régimen democrático en Venezuela, han abundado las inevitables recordaciones, los indispensables análisis y los numerosos planteamientos. Se ha considerado que la circunstancia de coincidir la fecha con la proximidad formal y la intensidad actual real de la campaña por las elecciones presidenciales ha privado a la opinión de capacidad de análisis, entorpecido la objetividad crítica y salpicado todos los comentarios con la salsa que cada quién le pone, según su inclinación, a la controversia política. Lo mismo pudo decirse de las «bodas de plata» hace cinco años y del vigésimo aniversario, hace diez: por el hecho elemental de que los períodos constitucionales duran cinco años y el primero comenzó a ventilarse en el mismo momento del derrocamiento de la dictadura, con miras a las elecciones planeadas para diciembre de 1958. Cada cinco años la fecha coincide con la pugna electoral.
Dentro de los análisis, hay una circunstancia que comúnmente se destaca: la duración de este sistema de gobierno, que ya lleva seis lustros y por los reiterados contratiempos sufridos atrás en los intentos por establecer la libertad (por «plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía», como lo dijo en su última proclama el Padre de la Patria), no dejaba de ofrecer continuas dudas acerca de su viabilidad y permanencia. Se dice y se repite que el régimen democrático es el que ha tenido mayor duración en nuestra historia republicana, lo cual constituye o no una verdad según se aprecien y cataloguen los sistemas de gobierno anteriores. Por ejemplo, si el régimen gomecista se computa a partir del 19 de diciembre de 1908, día en que el Encargado de la Presidencia se decidió a desconocer al presidente Castro y a gobernar por su cuenta, duró 27 años; pero si se considera que el gobierno de Gómez fue uno y lo mismo –salvo las diferencias de modo de ser entre uno y otro caudillo– con el de su compadre don Cipriano, del cual fue todo el tiempo y sin interrupción vicepresidente de la República don Juan Vicente, entonces había que asignarle una duración de 36 años. ¡Cualquier cosa! Y si al gobierno que Gil Fortoul llamó de «la oligarquía conservadora» (1830-1848) y al siguiente, que denominó de la «oligarquía liberal» (1848-1858) con el quinquenio que comenzó con la Revolución de Marzo y concluyó con la dictadura de Páez (1858-1863), se les considera conjuntamente como una etapa histórica, su existencia, de 1830 a 1863 habría cumplido 33 años. Más aún: si se cuenta la presencia hegemónica del general Páez desde la Batalla de Carabobo (1821) hasta 1863, alcanzaría a 42 años, con las interrupciones sabidas. 35 años corresponderían, después, al gobierno del «liberalismo amarillo», que comenzó con Falcón (1863) y se prolongó –salvo el breve interregno de gobierno de los «azules»– a través de Guzmán Blanco y Crespo hasta la llegada de «los andinos al poder» (1899), con el lema de «nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos», lema proclamado por el audaz guerrero que desde Capacho hasta Tocuyito realizó una hazaña militar que sus áulicos comparaban con la Campaña Admirable de Bolívar.
No es, sin embargo, el momento para esas disquisiciones históricas. Lo importante es señalar que la democracia ha durado lo que muchos no creían; pero más importante todavía es que está en pie y que su propia índole la llama a convertirse en un modo permanente de vida y de gobierno y que sus fracasos o carencias no son fracasos o carencias de la democracia, sino de los llamados a instrumentarla, a preservarla, a corregirla y orientarla y no precisamente a usufructuarla y deformarla.
En los ejemplos antes citados, tanto en la República que el historiador Gil Fortoul (sin la aquiescencia de otros importantes historiadores, como Augusto Mijares) calificara de oligárquica, como en el régimen del liberalismo amarillo, que empezó con el triunfo de la revolución federal hasta la muerte de Crespo y caída de Andrade y en el gobierno de los generales Castro y Gómez, hubo evidentes alternativas internas. Páez y Monagas, Guzmán Blanco y Crespo tuvieron marcadas diferencias: también las han tenido los gobiernos democráticos en los distintos quinquenios de estos 30 años. Considerarlos como una sola cosa no corresponde a la realidad. Pero lo importante será que el sistema dentro del cual se mantiene la libertad (por encima de las contradicciones), se practica el sufragio universal (aun cuando se reconozcan sus imperfecciones) y se hacen esfuerzos por alcanzar la igualdad y la justicia (aunque el objetivo se distancia a veces más de lo aceptable), continúe siendo el piso sobre el cual se muevan todas las aspiraciones hacia la renovación dinámica de la vida social y política.
En este trigésimo aniversario han predominado la nostalgia de quienes por una razón u otra tuvieron rol de actores en el episodio del derrocamiento del autócrata y la crítica acerba que hacen otros, de los errores y fallas que se atribuyen al sistema y que, si bien se acompañan con la salvedad de que siguen considerando a la democracia, conforme lo declara el preámbulo de la Constitución, como «el único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos», dejan un amargo sabor de frustración y a más de uno le producen la sensación de que nada hay que esperar de ella, así de mal se la ve y así de frustráneos se pintan su presente y –lo que es más grave– su porvenir.
Soy uno de los convencidos de que estamos en un momento especialmente delicado. Es progresiva la falta de credibilidad por la palabra de los dirigentes. Se deteriora a pasos largos la confianza del país en los más importantes baluartes del sistema, que son y deben ser los partidos políticos. El esfuerzo para superar esta coyuntura debería estar a la medida del desánimo y la desconfianza creciente que hay que conjurar. Pero, al mismo tiempo, es indispensable poner fuera de duda el compromiso nacional de salvar y robustecer el sistema iniciado el 23 de enero de 1958. No sólo por todo lo que costó alcanzarlo y por todo lo que ha costado mantenerlo, sino por todo lo que a través de más de un siglo no fue posible superar y que los corifeos de una «sociología pesimista» consideraron inherente a nuestro modo de ser nacional. Hay que convencer a nuestro pueblo de que definitivamente murió para siempre el vía crucis que nos llevó más de cien años de batacazo en batacazo.
Los venezolanos nacidos o educados después del 23 de enero no saben –gracias a Dios– lo que hubo que enfrentar para que ellos y todos nosotros disfrutáramos del privilegio que el Creador otorgó al ser humano, de pensar, hablar y actuar de acuerdo con los dictados de la propia conciencia. Ignoran –felizmente– las terribles decepciones que sufrieron los compatriotas que a través del tiempo sintieron el deber de rescatar la dignidad ciudadana frente a las autocracias y lucharon por conseguir ese objetivo. No saben, por ejemplo, que la pléyade de intelectuales que rodearon a Gómez y sirvieron con él fueron, en su mayor parte, estudiantes revolucionarios que comenzaron su acción política combatiendo a Guzmán y que se ilusionaron cuando Rojas Paúl dejó derribar sus estatuas y vieron frustrarse esperanza tras esperanza hasta aceptar, cansados, como una fatalidad, la de rodear al déspota y tratar de servir al país a su modo y que los que mantuvieron hasta el fin su rebeldía, unos porque aspiraban a gobernar del mismo modo que aquel a quien combatían, pero otros movidos por un sincero ideal de patriotismo, inmolaron sus años sin obtener, la mayoría de ellos, un póstumo recuerdo para su sacrificio.
A los jóvenes hay que enseñarles la historia, repetirles la historia, explicarles la historia, para que no pierdan la noción de lo que se ha obtenido a partir del 23 de enero y es prioritario salvaguardar. El mundo que nos rodea está perturbado. La democracia ha regresado a América Latina después de una trágica interrupción que todavía perdura en país de tanta tradición democrática como Chile, pero los politólogos están de acuerdo en que todavía es frágil la contextura de las nuevas democracias latinoamericanas. La nuestra ha lucido sólida, pero debemos preservarla. Y para ello debemos tener el cuidado de evitar lo que la descalifique, lo que la devalúe. Luchar, sí, para mejorarla, para enmendarla, para perfeccionarla. Pero sin poner en duda, ni un momento, su superioridad sobre cualquier otra pretendida solución. Ni poner los ojos, como en el pasado, en fantasmagorías que encandilan al pueblo y después le propinan un trágico despertar.
Historia de Venezuela, Luis Herrera Campíns
EL 23 DE ENERO Y EL
ENTENDIMIENTO
Luis Herrera
Campíns
Así como en los niños y en los jóvenes, en los pueblos
hay que hacer ejercicios de memoria. Esta facultad del intelecto necesita
entrenamiento para que pueda prestar provechos y beneficios personales o colectivos.
Se debe enseñar a leer y a estudiar para que se aprenda y aprehenda lo
fundamental, lo que tiene carácter esencial, lo que es trascendente, necesario
o útil y los esfuerzos de fijación no se pierdan en cuestiones secundarias que
no valen la pena. Los pueblos tienen que aprender a vivir la historia que cada
día escriben en el proceso de superación, en la búsqueda sosegada o intranquila
de caminos que encaucen hacia metas positivas y definidas sus aspiraciones,
ideales y anhelos. De ahí que el papel de los conductores tenga que esmerarse
en el señalamiento de la debida interpretación que deba darse a los hechos para
que la conducta posterior derive enseñanzas útiles y le permita idóneamente
adecuarse a las circunstancias y las exigencias históricas.
Tendemos ordinariamente los venezolanos, como muchos
otros pueblos, a olvidar con demasiada rapidez. Parece como si la vida se nos
fuera en simples emociones o en motivaciones sentimentales que desaparecen casi
sin dejar huellas. En los últimos años hemos olvidado, por ejemplo, el
significado de fechas de una trascendencia política y nacional sobresaliente.
El 18 de octubre de 1945, que marca una etapa de deslinde entre la vieja
concepción de la política y la forma nueva de emprenderla, casi ni se recuerda,
inclusive por parte de quienes fueron actores en papel protagonista, que se
sitúan como si quisieran hacer olvidar aquel acontecimiento que rompió con los
epígonos gomecistas que aún perduraban en el trasfondo de la administración
pública y que incorporó a la totalidad del pueblo a la preocupación por la
política y por la marcha del gobierno y que le brindó la oportunidad ansiada de
participar activamente en la conducción nacional del sistema democrático. Con
el 23 de enero pasa cosa similar. Aquella estupenda jornada de conjunción
nacional escenificada en 1958 se hizo para derrocar una tiranía ya cuarteada
por las tropelías y la yugulación de las libertades ciudadanas. Entonces se
probó cuánto se puede hacer cuando hay un objetivo unificador, una meta en cuya
consecución concurren todas las voluntades con disposición para alcanzarla.
De esta conjunción de esfuerzos y propósitos se deriva
lo que se dio en llamar "el espíritu del 23 de enero", o sea, la
insistencia en lo común antes que en lo diferente, el situarse todos en la
línea de coincidencia con olvido de las discrepancias innegables existentes.
Esa actitud puede caracterizarse como "entendimiento" o como
"comprensión", según se prefiera uno u otro término. Lo que dejó ver,
y allí está la pedagogía nacional no desechable de esa importante lección, es
que los venezolanos tenemos excelente potencialidad para el entendimiento
cuando queremos entendernos y no nos dejamos ganar por las tentaciones de la
discordia.
Pero sucede que los entendimientos de gran amplitud en
este país han sido de naturaleza transitoria, frente a una situación
determinada y concreta, en una emergencia fácilmente agotable en el tiempo.
Hemos carecido de la noción del entendimiento a largo plazo para empresas que
requieran constancia, dedicación y entrega constante. Entre unirnos y
separarnos, entre coincidir y discrepar se nos han pasado brillantes
oportunidades para el desarrollo y para la tarea de construir en todos los
aspectos que la realidad pide, un país distinto. Lo menudo ha entorpecido la
acción común posible y cuando se trata de revalorizar las enseñanzas del ayer
cercano, se lo hace de tal modo que se desvirtúa su sentido, significado y
proyección. Por eso los socialcristianos hemos tenido una actitud marginada de
participación en los actos con que se celebró este año el 23 de enero, porque
en ellos privaron objetivos políticos demasiado estrechos y se buscó una
combinación que aglutinara solamente a quienes se deseaba aglutinar. Entonces
se establecen recelos con relación a la fecha festejada, inclusive hacia atrás,
aunque ningún demócrata trate de olvidar la trascendencia que tuvo en la
historia nacional. Lo malo es que esas fechas tratan de ser aprovechadas
sectariamente y así se hace un mal irremediable a la buena fe y a la buena
voluntad común.
Hoy en día la conjunción de esfuerzos que debemos
hacer ha de orientarse hacia dos fines básicos: la pacificación sincera, para
que la gente pueda vivir sin zozobras en una tranquilidad democrática que
invite al trabajo y a la creación y el desarrollo integral de nuestros recursos
para vencer la negligencia de otras épocas, superar el atraso y obtener el
mayor bienestar social. Para estos propósitos, los venezolanos de hoy tenemos
que preparar nuestro espíritu, como si se tratara de un nuevo 23 de enero, es
decir, la afloración de las coincidencias por encima de lo que nos distancia y
nos separa. Una gran empresa requiere grandes esfuerzos y magníficas voluntades
acordes. Cuando hemos querido, hemos logrado este anhelo.
Panorama, 6 de enero
de 1965 (Publicado asimismo en “Palenque” – Fondo Editorial Irfes, Maracaibo
1979.)
Historia de Venezuela: 23 de enero de 1958
23 DE ENERO DE 1958: GOLPE MILITAR Y REBELIÓN CÍVICA
Gehard Cartay Ramírez
¿Cómo se llegó a aquel singular momento histórico? Podría decirse que tuvo unos prolegómenos muy breves en el tiempo.
A mediados de 1957 se presentan los primeros atisbos del destino final de la dictadura. Comienza a despertarse una sutil y tibia reacción en su contra y será nada menos que la Iglesia Católica la que tirará la primera piedra el primero de mayo -nueve meses-, cuando el Arzobispo de Caracas, monseñor Arias Blanco, publica su carta pastoral criticando la difícil situación de los trabajadores venezolanos y haciendo duras observaciones a la actitud del gobierno perezjimenista.
El mes siguiente se constituye la llamada Junta Patriótica, promovida por dirigentes civiles de los partidos políticos que se oponen al régimen. En el frente económico también hay descontento: se han acumulado deudas millonarias a contratistas, comerciantes, industriales y proveedores en general y la mora del gobierno en cancelar tales obligaciones multiplica el malestar hacia otros sectores que dependen de aquellos.
Mientras tanto, la dictadura busca afanosamente una fórmula “constitucional” que le permita a Pérez Jiménez continuar en la Presidencia de la República en las elecciones de diciembre de 1957, algo que el tirano pretende evadir por su terror a contarse electoralmente. Los “juristas” del régimen deberán buscar una alternativa al respecto. La preocupación la acrecienta la caída reciente de otros dictadores amigos como Perón, Odría, Remón y Rojas Pinilla, mientras Batista se acerca a su fin en Cuba. Hay, sin duda, un mal ambiente para las tiranías latinoamericanas, algo impensable poco tiempo atrás cuando estaban en pleno apogeo.
La fórmula final adoptada por el régimen es la de celebrar un plebiscito, a fin de consultar a los venezolanos sobre la permanencia o no de Pérez Jiménez como presidente y también la de su Congreso. El plebiscito se celebrará el 15 de diciembre bajo absoluto control oficial y sus resultados, por tanto, fueron los que quiso MPJ, con lo cual quedaba ratificado como Presidente de la República para el período 1958-1963.
Pero a partir de este momento las cosas se complicarán para el régimen. La fórmula para “legitimar” la permanencia de aquel gobierno por más tiempo será, a la postre, la causa final de su caída a los pocos días. Producirá, en efecto, una reacción en cadena, cada vez más intensa, entre sus opositores, los cuales comienzan a organizarse y a realizar algunas acciones concretas, luego de varios años de calma. Y se produce también un hecho trascendental: la conspiración militar que inician los jóvenes tenientes, mayores y capitanes descontentos con la dictadura y decididos a participar en el cambio de rumbo que comienza a hacerse imprescindible en estos meses finales de 1957.
El primero de enero de 1958 estalla una rebelión militar encabezada por el mayor Hugo Trejo en Caracas. No tendrá éxito por su equivocada estrategia de movilización y a pesar del apoyo de la aviación de Maracay que sobrevuela ese día la ciudad capital, pero políticamente abrirá la brecha para lo que sobrevendrá después. Demostrará las profundas grietas que se han abierto entre las Fuerzas Armadas y Pérez Jiménez, las cuales se profundizarán en breves días de tal manera que conducirán a la caída del dictador. En efecto, cuatro días después son detenidos numerosos oficiales comprometidos en la conspiración que avanza ya resueltamente.
El mismo día Pérez Jiménez anuncia cambios en su gabinete, debido a la presión del Alto Mando Militar. El día siete se producen manifestaciones estudiantiles en varias partes del país. El día nueve zarpan del Puerto de La Guaira cinco destructores de la armada venezolana en abierto desafío al gobierno. El diez de enero vuelve a plantearse una nueva crisis ministerial y sale del gabinete Laureano Vallenilla y Pedro Estrada de la jefatura de la Seguridad Nacional, dos aliados de confianza del presidente. Ambos abandonarán entonces precipitadamente el país. El día quince Pérez Jiménez adopta la contraofensiva al asumir personalmente el Ministerio de la Defensa y ordenar la detención del ministro titular hasta entonces, general Rómulo Fernández, quien ha sido el portavoz de las exigencias de las Fuerzas Armadas. Inmediatamente lo envía en un avión militar hacia la República Dominicana.
La situación política se complica: centenares de detenidos políticos abarrotan las cárceles, los estudiantes manifiestan todos los días, los empresarios y los intelectuales comienzan también a protestar. El mundo se le viene entonces encima al dictador. Ha perdido ya, efectivamente, el control de la situación. Su caída es cuestión de días.
Sin embargo, Pérez Jiménez no se rinde tan rápidamente. Está dispuesto a resistir y continúa tomando decisiones al efecto: clausura liceos y universidades, reprime manifestaciones, ordena constantes purgas en el mundo militar, detiene a importantes líderes de la sociedad civil, en fin, persigue a sus enemigos en un desesperado intento por someterlos. Pero estos tampoco se amilanan.
La Junta Patriótica llama a la huelga general el 21 de enero. Ese día no circulan los periódicos en apoyo a la rebelión en marcha. La gente sale a las calles en Caracas y el gobierno decreta el toque de queda a las cinco de la tarde. En la noche del 22 de enero, la Marina y la guarnición militar de Caracas resuelven apoyar el golpe contra Pérez Jiménez, con lo cual se sella definitivamente el final de la dictadura. En las últimas horas de aquel día y en las primeras del siguiente, PJ apela a sus compañeros de armas, contacta a oficiales en puestos de comando, trata de revivir viejas lealtades, se aferra desesperadamente al poder. Pero al darse cuenta de que ya no cuenta con suficiente apoyo, resuelve huir por avión en horas de la madrugada hacia la República Dominicana.
Se dieron entonces simultáneamente dos circunstancias: un golpe militar y una rebelión civil, eventos que rara vez se combinan. Se cerraba así una etapa convulsa y compleja de la reciente historia venezolana. Y el hasta entonces hombre fuerte de aquellos años, el líder militar más destacado e influyente después de Juan Vicente Gómez, también comenzaría el destierro más largo vivido por venezolano alguno en nuestra historia.
Gehard Cartay Ramírez: 23 de enero de 1958
23 DE ENERO DE 1958:
GOLPE MILITAR Y REBELIÓN CÍVICA
Gehard Cartay Ramírez
¿Cómo se llegó a aquel singular momento histórico? Podría decirse que
tuvo unos prolegómenos muy breves en el tiempo.
A mediados de 1957 se presentan los primeros atisbos del destino final
de la dictadura. Comienza a despertarse una sutil y tibia reacción en su contra
y será nada menos que la Iglesia Católica la que tirará la primera piedra el
primero de mayo -nueve meses-, cuando el Arzobispo de Caracas, monseñor Arias
Blanco, publica su carta pastoral criticando la difícil situación de los
trabajadores venezolanos y haciendo duras observaciones a la actitud del
gobierno perezjimenista.
El mes siguiente se constituye la llamada Junta Patriótica, promovida
por dirigentes civiles de los partidos políticos que se oponen al régimen. En
el frente económico también hay descontento: se han acumulado deudas
millonarias a contratistas, comerciantes, industriales y proveedores en general
y la mora del gobierno en cancelar tales obligaciones multiplica el malestar
hacia otros sectores que dependen de aquellos.
Mientras tanto, la dictadura busca afanosamente una fórmula
“constitucional” que le permita a Pérez Jiménez continuar en la Presidencia de
la República en las elecciones de diciembre de 1957, algo que el tirano
pretende evadir por su terror a contarse electoralmente. Los “juristas” del
régimen deberán buscar una alternativa al respecto. La preocupación la
acrecienta la caída reciente de otros dictadores amigos como Perón, Odría,
Remón y Rojas Pinilla, mientras Batista se acerca a su fin en Cuba. Hay, sin
duda, un mal ambiente para las tiranías latinoamericanas, algo impensable poco
tiempo atrás cuando estaban en pleno apogeo.
La fórmula final adoptada por el régimen es la de celebrar un
plebiscito, a fin de consultar a los venezolanos sobre la permanencia o no de
Pérez Jiménez como presidente y también la de su Congreso. El plebiscito se
celebrará el 15 de diciembre bajo absoluto control oficial y sus resultados,
por tanto, fueron los que quiso MPJ, con lo cual quedaba ratificado como
Presidente de la República para el período 1958-1963.
Pero a partir de este momento las cosas se complicarán para el régimen.
La fórmula para “legitimar” la permanencia de aquel gobierno por más tiempo
será, a la postre, la causa final de su caída a los pocos días. Producirá, en
efecto, una reacción en cadena, cada vez más intensa, entre sus opositores, los
cuales comienzan a organizarse y a realizar algunas acciones concretas, luego
de varios años de calma. Y se produce también un hecho trascendental: la
conspiración militar que inician los jóvenes tenientes, mayores y capitanes
descontentos con la dictadura y decididos a participar en el cambio de rumbo
que comienza a hacerse imprescindible en estos meses finales de 1957.
El primero de enero de 1958 estalla una rebelión militar
encabezada por el mayor Hugo Trejo en Caracas. No tendrá éxito por su
equivocada estrategia de movilización y a pesar del apoyo de la aviación de
Maracay que sobrevuela ese día la ciudad capital, pero políticamente abrirá la
brecha para lo que sobrevendrá después. Demostrará las profundas grietas que se
han abierto entre las Fuerzas Armadas y Pérez Jiménez, las cuales se profundizarán
en breves días de tal manera que conducirán a la caída del dictador. En efecto,
cuatro días después son detenidos numerosos oficiales comprometidos en la
conspiración que avanza ya resueltamente.
El mismo día Pérez Jiménez anuncia cambios en su gabinete, debido a la
presión del Alto Mando Militar. El día siete se producen manifestaciones
estudiantiles en varias partes del país. El día nueve zarpan del Puerto
de La Guaira cinco destructores de la armada venezolana en abierto desafío al gobierno.
El diez de enero vuelve a plantearse una nueva crisis ministerial y
sale del gabinete Laureano Vallenilla y Pedro Estrada de la jefatura de la
Seguridad Nacional, dos aliados de confianza del presidente. Ambos abandonarán
entonces precipitadamente el país. El día quince Pérez Jiménez adopta la
contraofensiva al asumir personalmente el Ministerio de la Defensa y ordenar la
detención del ministro titular hasta entonces, general Rómulo Fernández, quien
ha sido el portavoz de las exigencias de las Fuerzas Armadas. Inmediatamente lo
envía en un avión militar hacia la República Dominicana.
La situación política se complica: centenares de detenidos políticos
abarrotan las cárceles, los estudiantes manifiestan todos los días, los
empresarios y los intelectuales comienzan también a protestar. El mundo se le
viene entonces encima al dictador. Ha perdido ya, efectivamente, el control de
la situación. Su caída es cuestión de días.
Sin embargo, Pérez Jiménez no se rinde tan rápidamente. Está dispuesto
a resistir y continúa tomando decisiones al efecto: clausura liceos y
universidades, reprime manifestaciones, ordena constantes purgas en
el mundo militar, detiene a importantes líderes de la sociedad civil, en fin,
persigue a sus enemigos en un desesperado intento por someterlos. Pero estos
tampoco se amilanan.
La Junta Patriótica llama a la huelga general el 21 de enero. Ese
día no circulan los periódicos en apoyo a la rebelión en marcha. La gente sale
a las calles en Caracas y el gobierno decreta el toque de queda a las cinco de
la tarde. En la noche del 22 de enero, la Marina y la guarnición militar
de Caracas resuelven apoyar el golpe contra Pérez Jiménez, con lo cual se sella
definitivamente el final de la dictadura. En las últimas horas de aquel día y
en las primeras del siguiente, PJ apela a sus compañeros de armas, contacta a
oficiales en puestos de comando, trata de revivir viejas lealtades, se aferra
desesperadamente al poder. Pero al darse cuenta de que ya no cuenta con
suficiente apoyo, resuelve huir por avión en horas de la madrugada hacia la
República Dominicana.
Se dieron entonces simultáneamente dos circunstancias: un golpe militar
y una rebelión civil, eventos que rara vez se combinan. Se cerraba así una
etapa convulsa y compleja de la reciente historia venezolana. Y el hasta
entonces hombre fuerte de aquellos años, el líder militar más destacado e
influyente después de Juan Vicente Gómez, también comenzaría el destierro más
largo vivido por venezolano alguno en nuestra historia.
Arístides Calvani - 40 años de su muerte
Arístides Calvani, 40 años de su muerte

Marcos Villasmil
“Arístides Calvani falleció el 18 de enero de 1986, hace cuarenta años, en un accidente aéreo en Guatemala. Se le recuerda como una de las figuras políticas más influyentes de Venezuela y un defensor de los valores democráticos.
Nacido en Puerto España, Trinidad y Tobago, el 19 de enero de 1918, la familia Calvani se trasladó a Venezuela cuando él era joven. Estudió Derecho en la Universidad Central de Venezuela y posteriormente amplió su formación en Europa.
Era conocido por sus dotes diplomáticas y desempeñó un papel clave en la promoción de la integración regional en América Latina.
Calvani fue también un respetado académico y autor, sobre temas políticos y jurídicos. Fue un firme defensor de la democracia y los derechos humanos, y sus contribuciones a la sociedad venezolana le valieron un amplio reconocimiento”.
Hasta aquí, lo que diría cualquier búsqueda biográfica en internet sobre Calvani (lo de arriba, fue producto de la IA Gemini).
Pero Arístides Calvani fue más, mucho más. Parafraseando a Jacques Maritain, Calvani fue un humanista integral. Un político venezolano de principios originados en la Doctrina Social de la Iglesia y que él, junto a humanistas cristianos como Rafael Caldera, Enrique Pérez Olivares y otros fundadores y colaboradores del IFEDEC (instituto de formación demócrata cristiana con alcance y méritos continentales, fundado en 1963), convirtieron en propuestas y programas políticos para una Venezuela realmente democrática, con el bien común como obligada meta; una sociedad alejada de las tentaciones autoritarias que habían plagado nuestra historia. En suma: un cristiano con evidente y claro compromiso social, que hizo del servicio hacia los demás ciudadanos una forma de vida y de magisterio; y que siempre entendió la política humanista como un instrumento de cambio.
Y sus principios humanistas los impulsó asimismo fuera de Venezuela.
***
Arístides Calvani fue un venezolano de mirada “universal”, un latinoamericanista defensor de la integración de nuestros países.
Un querido amigo, el embajador Sadio Garavini di Turno, con motivo del centenario de su nacimiento, celebrado en 2018, escribió esta certera semblanza:
“Arístides Calvani, como Canciller de Venezuela durante el primer gobierno de Rafael Caldera, cumplió, en el marco del respeto del Derecho Internacional, con el mandato de la Constitución venezolana de 1961 de “sustentar el orden democrático como único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos, y favorecer pacíficamente su extensión a todos los pueblos de la tierra”. Posteriormente como secretario general de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), trabajó intensamente por la democratización de Centroamérica, no sólo con los partidos de inspiración socialcristiana, sino con todos los partidos y grupos democráticos y puso un especial énfasis en relacionarse con los grupos y sectores no tan democráticos. En efecto, Calvani creía que, para establecer la democracia en América Central había que empezar por democratizar a los no demócratas.
Calvani dirigió, con mano experta, una política internacional principista, institucional y bipartidista.
Para Calvani la democracia es el sistema político éticamente superior porque está basado en la centralidad y dignidad de la persona humana como ser libre y responsable de sus actos. (…) Él concebía a la democracia como un proceso continuo de democratización. Al respecto, nos decía:” la democracia hay que establecerla donde no la hay, hay que consolidarla donde ya se ha establecido, y hay que perfeccionarla cuando ya se ha consolidado”. La democracia, por tanto, no es ni será nunca perfecta, pero siempre será perfectible. (…) Es la solución a los problemas de la sociedad, una sociedad que está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la sociedad”.
Fue asimismo un reconocido docente universitario, y un parlamentario ejemplar. Diputado electo en 1948 y 1958. El 23 de enero de ese último año se encontraba preso, por su participación en las protestas universitarias y por ser uno de los 18 profesores que firmó el manifiesto del 27 de noviembre de 1957, en respaldo a la manifestación estudiantil del día 21.
Luego de cumplir una brillante labor como canciller, en el primer Gobierno de Rafael Caldera (1969-1974), al final del mismo se inscribe en COPEI. Poca gente sabía que él había sido hasta ese momento un independiente comprometido, eso sí, cabalmente, con el socialcristianismo. En 1979 será senador por el estado Sucre, defendiendo, una vez más, con verbo brillante una política al servicio del hombre, de la persona humana. Señalemos dos de sus frases destacadas en los diversos debates parlamentarios:
“El sistema democrático no es solo una estructura formal de leyes, es también una actitud de vida, una actitud existencial”.
***
El 18 de enero de 1986 Calvani, su esposa Adelita, luchadora social y ex alcaldesa de Caracas, sus hijas Graciela y María Elena, junto con otras 92 personas, encontraron el fin de su vida terrenal al estrellarse un avión en la selva guatemalteca, no muy lejos del mítico Tikal.
Dejaba testimonio de una vida ciudadana dedicada al servicio del bien común, como se señala arriba. Pero Calvani fue no solo un venezolano excepcional, fue también un padre de familia, esposo, padre, amigo y cristiano ejemplar. Una persona profundamente espiritual. “Le hacía a uno sentir el deseo de hacernos espíritu con su espíritu” (Oswaldo Álvarez Paz). Poseía una generosidad de espíritu que era una de sus marcas más distinguidas y distinguibles; hizo de su vida un perenne servicio a sus semejantes. Vivió, en suma, una existencia auténticamente humanista y cristiana.
Calvani se preparaba ese mismo año, pocos meses después, para ser electo -por unanimidad- Secretario General de la Internacional Demócrata Cristiana (IDC). Corrijo: no iba a ser electo, iba a ser aclamado.
La Internacional Demócrata Cristiana (hoy Internacional Demócrata de Centro) concede anualmente el Premio Arístides Calvani por la paz, la democracia y el desarrollo humano.
Su muerte demasiado temprana nos señala permanentemente cuán importante habría sido su presencia en los años de tribulaciones que vivió Venezuela a finales de los ochenta y en los años posteriores, junto a su palabra siempre orientadora, y el perenne ejemplo de un ser humano digno y ejemplar.
Arístides Calvani, su esposa Adelita, y sus hijas Graciela y María Elena, tienen muy merecido el descanso eterno del que sin duda gozan.
Historia DC Venezuela, COPEI
LOS 80 AÑOS DE Copei
Gehard Cartay Ramírez
Una minoría desafiante
El partido social cristiano Copei, fundado el 13 de enero de 1946, arriba a sus ochenta años de fundado.
La trayectoria del partido, desde entonces, revela la corajuda acción de sus fundadores por convertirlo, peldaño a peldaño, en un partido de masas, algo que lograrán 20 años después. Rafael Caldera, Pedro del Corral, Lorenzo Fernández, José Antonio Pérez Díaz, Luis Herrera Campíns, Mauro Páez Pumar y Edecio La Riva, entre otros, constituirán el grupo germinal.
Será una minoría desafiante cuando se elija la Constituyente de 1947, en la que Caldera cumplirá un papel estelar. En 1948 el joven líder copeyano enfrentará a Rómulo Gallegos en una desigual disputa por la presidencia, alcanzando el 22,4% de los votos frente al 74,4% obtenido por el ilustre escritor como candidato de AD. Durante el también llamado trienio adeco (1945-1948), la lucha será violenta y agresiva entre AD, Copei y Unión Republicana Democrática (URD), el partido de Jóvito Villalba. Pero aquel combate frente a AD, por difícil que pudo ser, impidió que se implantara un sistema político influenciado por el PRI mejicano, a mediados de los años cuarenta, tentación que entonces atrajo a AD.
En noviembre de 1948 los anteriores socios militares de Betancourt derrocan a Gallegos. En 1950, luego del magnicidio contra el presidente de la Junta Militar, coronel Carlos Delgado Chalbaud, quienes lo suceden mantienen a regañadientes su promesa de convocar una nueva Constituyente. Ilegalizados AD y el PCV, serán URD y Copei los que participen con una campaña electoral desbordante en todo el país. Al final, URD gana esas elecciones en 1952 -Copei queda de segundo-, pero el coronel Pérez Jiménez desconoce los resultados y se hace nombrar presidente de la República, iniciando así una nueva dictadura militar. Villalba es desterrado, mientras un grupo reducido de copeyanos se pliega al régimen. Más tarde, Caldera será acosado y finalmente detenido por la policía política hasta que, a comienzos de 1958, logra salir al exilio, protegido por la Nunciatura Apostólica.
Camino a la mayoría
Pérez Jiménez será derrocado el 23 de enero de 1958 por una rebelión militar que tuvo el apoyo de los partidos que se mantenían en la clandestinidad. Se realizan elecciones presidenciales en diciembre de ese año. Gana Betancourt, seguido por el vicealmirante Wolfgang Larrazábal y Rafael Caldera. Copei baja al tercer lugar.
Inmediatamente se forma un gobierno de coalición entre AD, URD y Copei, bajo los lineamientos del Pacto de Puntofijo. Copei será leal a este acuerdo hasta el final, a diferencia de URD que lo abandonará tempranamente en agosto de 1960, encandilado por la llamada Revolución Cubana. Fue fundamental el papel cumplido por Copei para mantener aquella democracia inestable y asediada desde la extrema derecha y la extrema izquierda.
En 1963, el gobierno coaligado fue a la contienda con dos candidatos presidenciales: Raúl Leoni por AD y Caldera por Copei. Ganó el primero y el abanderado copeyano llegó de segundo. Entre ambos sumaron más de la mitad de los votos emitidos entonces.
A partir de 1968, con la elección de Rafael Caldera como presidente de Venezuela, Copei se convirtió en la alternativa electoral frente a AD. Fue la primera vez que un líder opositor derrotaba electoralmente al candidato del gobierno, sin llegar al poder por la puerta trasera del golpe de Estado. A partir de entonces hubo en los años siguientes alternancia entre ambos partidos: Carlos Andrés Pérez ganó en 1973, Luis Herrera Campíns en 1978 y Jaime Lusinchi en 1983. La polarización AD-Copei se mantuvo en 1988 con la victoria de CAP, pero se acabó en 1993, con la segunda llegada de Caldera a la presidencia, por encima de los dos partidos.
Otra gran contribución de Copei a la democracia venezolana fue la de haber formado ideológica y políticamente, a través de un instituto fundado en los años sesenta por Arístides Calvani, a miles de dirigentes jóvenes, sindicalistas, profesionales y sectores de clase media, como pocas veces antes pudo hacerlo partido alguno en Venezuela y en el continente.
Obra de gobierno
Los dos gobiernos socialcristianos de Caldera (1969-1974) y Herrera Campíns (1979-1884) dejaron una obra importante para la conciliación, la modernización y el progreso de Venezuela, independientemente de sus errores. Examinarla íntegramente necesitaría mucho más espacio, por lo que apenas citaremos algunos datos.
En la primera gestión del presidente Caldera hubo un logro trascendente: la política de pacificación, que permitió -luego de su derrota política y militar- la incorporación al debate democrático de quienes se habían alzado en armas en contra de las instituciones democráticas. El proceso de negociaciones fue confiado a una comisión encabezada por el cardenal Quintero, y quienes se acogieron al mismo fueron indultados y reintegrados a la lucha cívica.
Al lado de esta iniciativa histórica, se construyeron importantes obras públicas (hospitales, universidades, liceos, autopistas, carreteras, vialidad urbana, viviendas, etc.) y otros logros fundamentales como la nacionalización del gas y la política de reversión petrolera, anticipo de su nacionalización, así como en materia agropecuaria e industrial. Tuvo, sin embargo, serios problemas con las universidades autónomas.
Por su parte, el gobierno del presidente Herrera también realizó una obra material considerable en instalaciones hospitalarias, educativas, culturales, deportivas, electricidad, vialidad, transporte público (ejecución de la primera etapa del Metro de Caracas), fortalecimiento de PDVSA y sus refinerías, viviendas populares, etc., aunque con algunos lunares indeseados en política económica y deuda externa. Pero, en general, el suyo fue un gobierno que respetó los derechos humanos, mantuvo la paz y promovió el diálogo y el entendimiento.
Auge y decadencia
Copei fue un partido que desde su fundación hasta las elecciones de 1988 mantuvo una curva ascendente en su votación, salvo algún descenso en 1983.
Este crecimiento sostenido se debió a las candidaturas de su máximo líder en 1947, 1958, 1963 y 1968, cuando fue electo presidente de la República por primera vez, y continuó con Lorenzo Fernández en 1973, incluso perdiendo frente a CAP; Luis Herrera Campíns, quien ganaría los comicios en 1978; (En 1983, cuando Lusinchi venció a Caldera la votación descendió cerca de 200.000 votos) y Eduardo Fernández, aun habiendo sido derrotado por Pérez en 1988. En 1993, frente a un cuadro multipolar y con la candidatura de Caldera por fuera, el nominado copeyano Oswaldo Álvarez Paz vio reducidos sus votos a un poco más de la mitad obtenida por Copei cinco años antes. Pero junto a las victorias de 1968 y 1978, el siguiente momento culminante del partido socialcristiano fue en 1992 cuando ganó 11 gobernaciones, derrotando a AD.
Luego de aquello, Copei inició su declive. Sin embargo, ese es un proceso que tenía antecedentes significativos: la lucha por la candidatura presidencial entre Lorenzo Fernández y Herrera Campíns en 1973 afectó la unidad emocional y se produjo la derrota frente a CAP. Luego vinieron los desencuentros entre el gobierno del presidente Herrera y la dirección del partido, todo lo cual afectó la candidatura de Caldera en 1983. Más tarde, se produjo el enfrentamiento entre Caldera y Eduardo Fernández por la candidatura presidencial de 1988. Entonces ganó el segundo, pero el líder fundador se fue a la reserva.
En 1993, luego de unas exitosas primarias, Álvarez Paz obtendrá la nominación presidencial de Copei, pero, al final, la candidatura independiente de Caldera alcanzará la victoria. Cinco años más tarde se profundizaría la debacle copeyana. Sus autoridades habían cortejado y hecho suya la candidatura independiente de la alcaldesa Irene Sáez, a quien todas las encuestas daban como ganadora en 1998. Esa candidatura se desinfló en poco tiempo, dando paso a la polarización entre Hugo Chávez y Henrique Salas Römer, a quien -a última hora- decidió apoyar la cúpula socialcristiana. Lo demás es historia conocida: Copei no ha vuelto a lanzar candidato propio desde 1993, y a partir del 2000 ha apoyado siempre al abanderado que la mayoría de la oposición ha escogido.
Desde hace algo más de una década, al judicializarse su conflicto interno y poner en manos del TSJ la decisión final, este ha terminado designando sus autoridades, siempre en la línea de favorecer a quienes el régimen considera sus aliados dentro de Copei.
Fundación COPEI: Directivas
Las directivas fundacionales de COPEI (1946)
El Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), fue fundado en el local de la Lavandería Ugarte en la parroquia de La Candelaria, en Caracas, el 13 de enero de 1946. Un nombre provisional que quedó en el corazón de los venezolanos al realizarse las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente y para la legitimación de todos los órganos del Poder Público, ya vigente la Constitución de 1947. Fruto de un largo esfuerzo de construcción de una alternativa demócrata-cristiana en nuestro país, porque tiene como antecedentes la Unión Nacional Estudiantil (1936), y Acción Electoral (1938), que se integrará al Movimiento de Acción Nacionalista (1942).
La directiva provisional quedó conformada así:
Presidente: Pedro del Corral.
Vicepresidente: Carlos Otto Vásquez.
Secretario General: José Antonio Pérez Díaz.
Secretario de Acción Política: Rafael Caldera.
Vocales: Lorenzo Fernández, Eduardo Fleury Cuello, J.F. Blassini, Benito Galíndez, Edecio La Riva, Mauro Páez Pumar, Clarita Rodríguez, Graciela Vásquez y Agustín Romero.
Gehard Cartay precisa que Jaime Castillo Pinto fue designado seretario de Finanzas y Mauro Páez Pumar, secretario de Propaganda, aclarando: “Caldera no ejercerá cargos directivos dada su condición de Procurador General, pero su firma si figurará en el Acta Constitutiva del Partido”.
Al celebrarse la I Convención Nacional del novel partido, en septiembre de 1946, la directiva quedó configurada así:
Presidente: Pedro del Corral.
Vicepresidente: Lorenzo Fernández.
Secretario General: José Antonio Pérez Díaz.
Secretario de Acción Política: Rafael Caldera.
Vocales: Edecio La Riva Araujo, Luis Herrera Campíns y Graciela Vásquez.
Suplentes: Eduardo Fleury Cuello, Mauro Páez Pumar, Rogelio Valladares,Ambrosio Perera, Ana de Pineda,Henry Castillo Pinto y Benito Galindez.
El Tribunal Disciplinario Nacional:
Principales: Celestino Aza Sánchez, Juan José Mendoza, Julio César Leáñez Recao, Lola Bertorelli, Pedro Pérez Perazzo, Pedro José Dib, Marco Antonio Angeli.
Suplentes: Oswaldo Silveira, Justo Simón Velásquez, Carlos Eduardo Viana, Rafael J. Alfonzo, Eduardo Tamayo, Hernán Avendaño y Víctor Baptista.
Apuntemos a dos circunstancias que, al parecer, no se estilan en los tiempos que corren: por una parte, el partido no surge repentinamente de la nada, sino es el producto de un paciente proceso de maduración del ideario y de la acción demócrata-cristiana en Venezuela. Por otra, inmediatamente se convierte en una expresión institucional, con instancias de conducción y de garantía del cumplimiento de los estatutos.
Fuentes:
Gehard Cartay (2000) “Política y partidos modernos en Venezuela. Las nuevas tendencias”, Fondo Editorial Nacional / José Agustín Catalá, Caracas.
Paciano Padrón (1981) “COPEI. Documentos fundamentales 1946”. Ediciones Centauro, Caracas, 1981.
Gráfica: https://rafaelcaldera.com/fotos/1916-1946/.
Fundación COPEI: Discurso de Rafael Caldera
Ganar la Patria: una responsabilidad mancomunada
(Discurso fundacional de Rafael Caldera, el 13 de enero de 1946)
Compañeros y amigos del "COPEI":
Está reciente, pero es necesario machacarlo insistentemente, el recuerdo de la noche inolvidable del 18 de octubre: la profunda tensión espiritual que en todos los hogares de Venezuela se sentía en aquella memorable oportunidad. No creo que haya habido ningún venezolano que hubiera podido dormir aquella, noche, el pueblo no sabía con certeza de lo que se trataba, pero sentía una profunda conmoción interna. Su instinto infalible comprendía que se estaba cumpliendo algo trascendental. Era una transformación radical lo que ocurría; no un simple tiroteo, no un cuartelazo anónimo como algunos interesados quisieron presentarlo. Se sentía algo distinto a todo lo anterior. Se sentía llegada una oportunidad acariciada profundamente por todos los venezolanos honrados desde hacía mucho tiempo. Y ese sentimiento, como la mayor parte de los sentimientos humanos, tenía un aspecto dual: una inquietante angustia, y un profundo optimismo traducido en el júbilo popular más intenso que esperarse pudiera, y que no se atrevieron a negar ni aun aquellos que en las propias horas en que se rendía el presidente, todavía vilipendiaban a los héroes de la democracia venezolana, que habían jugado su vida, su honor y la tranquilidad de sus familias en una aventura decisiva. (Aplausos).
El pueblo se lanzó a la calle por la revolución; y los cartelones preparados, y los discursos repetidos a través de la radio policial por quienes desnaturalizaban sus funciones excitando al odio de las clases, por quienes pedían a todos los venezolanos una posición de anarquía espiritual y moral, no pudieron apabullar el sentimiento del pueblo, no pudieron con toda su propaganda, impedir que los hombres humildes corrieran a las calles a empuñar el fusil y dar sus vidas con ignorada valentía, por una causa que no se conocía pero que se sentía patriota y generosa. (Aplausos).
Ese doble sentimiento de fe y de inquietud
Ese doble sentimiento de fe y de inquietud, de optimismo y de angustia, de esperanza en las realizaciones que exigía el momento, e inquietud ante el tremendo interrogante de si no iría a sepultarse una oportunidad que no se volvería a repetir, ese doble sentimiento tenemos que mantenerlo vivo. Tenemos que mantener la fe en la revolución para que ella pueda cumplir sus promesas. Tenemos que mantener la inquietud en todos los sectores, porque el fracaso de este momento revolucionario sepultaría por varias generaciones toda esperanza de salvación en Venezuela. (Aplausos).
Y el problema lo comprendemos todos. De que lo comprendemos da fe esta Asamblea preparada en muy poco tiempo, prueba evidente del deseo vivo en cada uno de los presentes de sumarse a un movimiento que tiende a plasmar el porvenir de la Patria y a mantener vivos aquel optimismo y aquella inquietud. Porque a eso precisamente ha venido "COPEI". A decirle a cada venezolano que es por la responsabilidad de todos y cada uno de nosotros, por la acción mancomunada y solidaria de todos los sectores sociales, como puede salvarse este momento histórico. A decirle que la desidia, la indiferencia, el egoísmo, harían pasar el golpe del 18 de octubre como un golpe de audacia feliz que no logró cumplir una transformación radical en nuestra Patria. (Aplausos).
A decirle que sólo la colaboración, el esfuerzo, la responsabilidad solidaria de todos y cada uno de nosotros en la empresa, puede hacer que la Revolución del 18 de octubre sea el comienzo definitivo de una era de trabajo, de normalidad, de decencia, de respeto a las instituciones, que permitan cumplir en pocos años la obra que se ha venido postergando por un siglo. (Aplausos).
Todos, absolutamente todos, seremos responsables
Y en este sentido, todos, absolutamente todos, tenemos una responsabilidad política. Hay que decirlo claramente: el apoliticismo en Venezuela, en el momento actual, es una deserción.
No estoy pretendiendo que el comerciante abandone su empresa, que el industrial olvide su fábrica, que el obrero deje de prestar su labor diaria a la reconstrucción del país; eso sería una traición mayor. Pero dentro de la atención propia y de la propia actividad, manteniéndolas y superándolas, si cabe, para corresponder a las esperanzas del momento, tenemos que mantener también una viva, actuante, generosa preocupación por la organización social. Porque, señores, ya tenemos experiencia elocuente. El obrero no encuentra trabajo, no encuentra justicia, no tiene redención ni esperanza, si la organización política está corrompida. El industrial no puede desarrollar sus proyectos, el agricultor, el criador, el comerciante, no pueden encontrar confianza en sus actividades, el profesional no puede lograr el cumplimiento satisfactorio de sus propias e individuales preocupaciones, si existe un orden político alterado, que utiliza los recursos nacionales para el sostenimiento de una camarilla, para el enriquecimiento de los favoritos y para la tergiversación de las obligaciones administrativas. Ni es posible lograr que el estudiante sienta el optimismo de una Patria, ni pueda responsabilizarse en su tarea, si la política no marcha. Y cuando hablo de los estudiantes quiero repetir claramente, porque aquí hay muchos universitarios, lo que explicó el compañero bachiller Páez Pumar. En el "COPEI" tenemos muchos estudiantes inscritos: estudiantes de las diversas fracciones estudiantiles, que con entusiasmo y generosidad han venido a trabajar en nuestras filas. Pero no pensamos llevar la política a la Universidad, pues entendemos que lo estudiantil es una función nacional que está por encima de las diferencias de matices, y que las luchas de los estudiantes como ciudadanos, tienen que realizarse en la calle, de las puertas sagradas de la Universidad hacia afuera, para que se mantenga adentro un solo espíritu y una sola verdad. (Aplausos).
Y vosotras, mujeres, ¿creéis posible que vuestro hogar pueda encontrar la tranquilidad y la alegría, creéis posible que se puedan educar vuestros hijos por la senda de la rectitud y del bien, creéis posible que se pueda pensar en una Patria serena y pacífica, y próspera como la deseáis para cada uno de vuestros hijos, si la política y el ejercicio del poder se desnaturalizan, si desde arriba se combate con la inmoralidad todo intento de regeneración de la Patria, si desde las alturas del poder se obstaculiza toda iniciativa honrada, y si en vez de sembrarse un ambiente de honradez lo que se hace es preparar semillas constantes de inquietudes, de zozobras, de revoluciones, de luchas, de destrucción? No es posible contar con hogares sanos, no es posible pensar en una Patria próspera, no es posible aspirar un ambiente donde decorosamente cada uno de nosotros pueda entregarse a su tarea, si no tenemos un orden político legítimo, un orden político sano y respetuoso por el que debemos luchar. (Aplausos).
Es Venezuela misma quien debe señalar el rumbo
El momento exige una transformación. Esa transformación es de nosotros: somos nosotros quienes podemos cumplirla. No podemos mantenernos en la incuria para dejar que las cosas marchen bien o mal, según la buena voluntad ocasional del gobernante de turno. Es Venezuela misma, todos sus hombres responsables, quienes deben señalar el rumbo. Somos todos, los que tenemos que hacer definitivo este camino, los que tenemos que cumplir una mutación definitiva para que podamos trabajar, construir, construir infatigablemente nuestra destruida nacionalidad. Necesitamos un régimen sincero, un régimen genuinamente democrático y tenemos que construirlo nosotros a través de la sinceridad.
La democracia no puede existir con un solo partido. La democracia no puede existir sin el juego libre de las opiniones. La democracia no puede existir si acecha en cada uno de nosotros la preocupación de que agruparnos, de que expresar nuestras convicciones es exponernos a insultos, es exponernos a la agresión de quienes tratan de sembrar un ambiente fatal para la democracia venezolana; de quienes con su prédica diaria, tendiendo a que ningún ciudadano honrado esté tranquilo con su honradez, buscan un ambiente que prepare y permita la dictadura social, objetivo fundamental de sus aspiraciones.
Por eso señores, porque creo en la necesidad de una democracia sincera, porque creo en la urgencia de que se abra campo limpio y decente a la discusión de los problemas ciudadanos, por eso es que he aceptado la responsabilidad de clausurar este acto. He meditado mucho sobre si yo debía venir aquí, a esta Asamblea de carácter político, a decir las palabras que estoy pronunciando. Circunstancial y transitoriamente, e inmerecidamente también, estoy desempeñando un alto cargo en la maquinaria política del país: quizás esa circunstancia debía impedir que me presentara a esta tribuna. Pero creo indispensable que se vea y se palpe la posibilidad de que a las altas filas políticas no vayan los hombres de un solo partido político; creo que ningún servicio mayor puedo prestar en este instante a mi Patria y al Gobierno establecido, sino el de hacer que suene y que se oiga, y que se sepa, que en las altas esferas políticas, cumpliendo allá su deber como venezolano integral, cabe un hombre afiliado a una agrupación política distinta de la que está manteniendo la responsabilidad del poder. (Aplausos).
Los promotores del "COPEI" creemos que el momento actual exige el implantamiento definitivo de ciertas mínimas conquistas. Que la discusión de problemas relativos a la posición ideológica de cada uno de nosotros, tiene que postergarse. Es necesario consolidar el orden, consolidar la posibilidad de que la democracia venezolana exista. Individuos de las más variadas ideologías y de las más variadas posiciones debemos coincidir, por ejemplo, en la aspiración de que se acabe el robo en las esferas administrativas. (Aplausos). Que al enemigo se le aplauda, deseamos eso, y al amigo se le castigue y se le recrimine, para que por encima de las banderas y de los compromisos personales, se imprima en toda la colectividad la convicción profunda de que los dineros de la Nación, a la Nación pertenecen, de que esos dineros no son el patrimonio personal que se disfruta y se maneja al antojo de los gobernantes. (Aplausos).
Nosotros consideramos urgente el que la democracia se establezca a base de instituciones y por eso hemos apoyado y apoyamos la conquista, ya hoy definitivamente lograda, de la incompatibilidad entre las funciones ejecutivas y legislativas: porque no es posible mantener la mentira de un poder soberano como el legislativo, mediatizado y dirigido, con grave daño hasta de la misma administración. Y nosotros creemos que es necesario abrir el cauce de la discusión con toda la energía posible, arrostrando el granizo de los ataques por mampuesto. Hacer que en Venezuela se vea con el respeto más sacramental y absoluto la expresión de las honestas opiniones. Y sobre todo, señores, creemos urgente en el momento actual hacer un llamado para que cese la lucha anárquica entre los diversos sectores, porque así no se puede construir. Es necesario que el obrero y el patrono discutan sus problemas, pero en un ambiente de serena tranquilidad. Los obreros saben que en nosotros tendrán los defensores constantes de sus mejores reivindicaciones. Que es en defensa de sus propios derechos que sostenemos que no es por el vilipendio de un sector hacia el otro, por donde puede llegarse a la solución de sus problemas. Creemos que todos los venezolanos debemos sentirnos por alguna vez una sola familia. Que los individuos de las diversas regiones, el andino, por ejemplo, que representa una región plena de reservas imperecederas para el país (y no me ruborizo en reconocerlo aunque no soy andino) y el occidental y el oriental y el insular y el central, todos debemos sentir que por encima de nuestras propias aspiraciones, caras, legítimas, porque son aspiraciones naturales de beneficio de la región nativa, estamos unidos sin reticencias, sin restricciones mentales y con el solo objeto de hacer una Venezuela como la que todos debemos estar empeñados en crear. (Aplausos).
Nosotros no queremos divisiones
Nosotros queremos sinceridad. Sinceridad en el Gobierno, sinceridad en los partidos, sinceridad en el pueblo. He tenido la satisfacción de oir en estos mismos días, de labios de políticos distinguidos de diversos sectores, la afirmación de que debemos desterrar el concepto de que política es engaño, de que política es traición. De que debemos implantar la convicción de que un genuino político es el hombre que tiene una idea, que profesa esa idea, que la echa a andar a los cuatro vientos de la opinión y que es capaz de jugarse su bienestar y su tranquilidad en defensa de esa convicción.(Aplausos).
Nosotros pensamos que sin la sinceridad colectiva la estabilidad es imposible. Diez años de experiencia nos demuestran que no puede mantenerse un régimen a base del engaño; que no puede sostenerse una democracia que no se practica, que no puede preconizarse una honradez que no se cumple. La insinceridad es la ruina de los regímenes hipócritas, y tarde o temprano marchan forzosamente al precipicio. (Aplausos).
Nosotros por los ideales de la Patria damos la cara abiertamente. No nos importa la calumnia. Ningún recurso nos importa de propaganda que se ejerza en contra de nosotros. Queremos inculcar en la conciencia de cada venezolano la verdad que estamos diciendo, de que es urgente trabajar, preocuparse, de que esta oportunidad perdida sería por mucho tiempo la ruina colectiva. Por eso estamos organizando este "COPEI". Es un principio de organización. Es un Comité de Organización Política Eleccionaria Independiente que marcha hacia la estructuración de fuerzas nuevas en el país. Queremos sembrar en todos los campos y ciudades estas ideas, sin egoísmo, sin restricciones. No vemos con temor el que se formen otros grupos: los queremos, los estimulamos. Estamos ansiosos de entrar a la emulación honrada y limpia: queremos que florezcan en los diversos sectores de opinión, diversos grupos políticos, para que poco a poco se vaya superando la conciencia política del país. Se irán depurando los campos, se irán calificando los hombres por su honradez y por su decisión en la defensa de los ideales. Y de esa evolución que nosotros debemos apresurar, pero no precipitar jamás, surgirán los grandes grupos políticos, los grandes partidos que puedan darle a Venezuela como a otros países, una etapa de tanquilidad, de orden y progreso. (Aplausos)
Y la etiqueta que nos den no nos preocupa
Y la etiqueta, la etiqueta que nos den, esa etiqueta en realidad no nos preocupa. Derecha, izquierda, centro, progreso, son palabras que se repiten sin sentirlas. Son palabras que a menudo se dicen sin saber qué es lo que significan. ¿Qué quiere decir derecha? Para unos, derecha es defensa de la tradición, defensa de ciertos principios fundamentales en la vida de los pueblos. Si eso fuera así, nosotros seríamos derechistas. Para otros, derecha es negación de progreso, injusticia con el trabajador, mantenimiento de métodos caducos. Si eso fuera así nosotros seríamos izquierdistas. ¿Qué es izquierda? Para unos, la izquierda es el progreso, es la reforma, el bienestar de los pueblos, ¿quién sería más izquierdista que nosotros si la interpretación fuera esa? Para otros es destrucción, es lucha, es fomento del espíritu de combate de unos contra otros. Si eso fuera así, ninguno de nosotros sería amigo de ese concepto de izquierdismo. Quizás en cierta manera nuestro programa podría corresponder al de centro, no en el concepto de mosaico de abigarrados egoísmos, sino en el sentido de reconocimiento de la necesidad de que se imparta justicia por igual para unos grupos y para otros, de que se acerquen todos los sectores nacionales. Pero tampoco queremos llamarnos así. Como no nos preocupa tampoco la etiqueta que quiera acordársenos en la terminología de "reaccionarios" y "progresistas".
Los grupos comunistas se empeñan especialmente en esta terminología. Reacción, para los comunistas, es anticomunismo. Progreso, para los comunistas, es filocomunismo.
Ya lo dijo un compañero en la defensa del ideario del "COPEI" en fecha muy reciente. Para nuestros enemigos no importaba que un hombre tuviera la más negra historia política, no importaba que un hombre representara en el poder el abuso y el robo más desenfrenado: si mantenía una actitud complaciente para los grupos comunistas se le llamaba progresista. No importaba la honradez; y no importaba que algunos individuos como yo y perdóneseme en gracia a la defensa, esta personal alusión-, lucháramos casi desde nuestra infancia por obtener las mejores reivindicaciones para los obreros, no importaba que se luchara para que cristalizara una Legislación del Trabajo que es una de las mejores de América; no importaba que se combatieran el abuso y el robo, no importaba que se pidiera el voto para la mujer y la incompatibilidad de las funciones legislativas y ejecuti- vas: si éramos anticomunistas éramos reaccionarios, pues reacción se consideraba todo obstáculo bueno o malo que se opusiera en la marcha del partido comunista. Nosotros no creemos en esos calificativos. En justicia creemos que progresista es el hombre que quiere el mejoramiento, el cambio, el progreso material y social de nuestra Patria. Que reaccionario es el que añora la vuelta al pasado, la reacción hacia los métodos antiguos, la resurrección del General Gómez con sus métodos de gobierno que se pensaron definitivos en la estructura social. Si se aplica este justo criterio, nosotros podemos medir nuestro progresismo con el falso progresismo de aquellos que se dedicaron a arrojar incienso a los pies de los gobernantes y a apoyar los abusos y la arbitrariedad, y a sostener un régimen que marchaba a pasos agigantados hacia el regreso de lo más detestable y lo más corrompido, y lo más repudiado por todos los venezolanos en la historia política del país. (Aplausos).
Nosotros no queremos divisiones
Nosotros no queremos divisiones. No somos un grupo de "derechas" ni de "izquierdas", ni de "centro"; no somos una agrupación "reaccionaria" ni "progresista". No queremos dividir a los venezolanos en buenos y malos, con barreras infranqueables. Queremos medir la posición de cada uno, pesar su capacidad de comprender la necesidad de sacrificios que impone el momento actual. Queremos hacer de todos los venezolanos una sola familia, una familia que discute, con ardor pero con serenidad, los derechos de cada uno de sus hijos, que pone siempre por encima de la discusión los intereses del grupo familiar. Queremos reforma social, la queremos, una reforma profunda, sentida y practicada por todos. Queremos paz social, esa paz que significa solidaridad, conciencia nacional, comprensión, ya que en pleito constante, infecundo, no haríamos sino acabar los pocos recursos humanos que nos quedan. Predicamos la necesidad de compactarnos, precisamente para que podamos resolver problemas que ya otros pueblos de América resolvieron hace más de cincuenta años, y que nosotros, en este perpetuo tirarnos de las greñas no hemos querido ni sabido resolver. (Aplausos).
El trabajo realizado por los promotores del "COPEI" representa hoy un resultado plenamente satisfactorio. Tenemos el derecho de estar contentos por el éxito de esta magnífica y compacta Asamblea. Pero no lo queremos para mera satisfacción: lo queremos para estímulo. Ya lo dijo el Vicepresidente del "COPEI" y lo señalaron otros oradores: este es el comienzo de una labor, el comienzo de una responsabilidad. Tenemos que ganar la Patria para la Patria. Tenemos que trabajar con energía. Merecen nuestro agradecimiento los señores de la Comisión Organizadora de esta Asamblea. Han sacrificado muchos intereses personales y han desatendido en mucho sus negocios; han sido capaces de todos los esfuerzos, con entusiasmo verdaderamente juvenil para obtener este resultado. Pero su ejemplo más que todo debe servirnos para formalizar nuestro compromiso. Tenemos, amigos y miembros del "COPEI", una grave tarea. La Revolución de octubre se salvará si no la dejamos perder por la senda infecunda de nuestros anteriores golpes de Estado. Si queremos salvar este golpe hermoso realizado por un grupo de jóvenes abnegados, si queremos corresponder a la responsabilidad que un grupo de ciudadanos han echado sobre sus hombros, es necesario que nosotros hagamos nuestra la Revolución, hagamos nuestros los propósitos, los ideales formulados por la Revolución, que no podrían hallarse más hermosos en nuestra historia política. Hagamos nuestra la preocupación de esta hora. Si la hacemos, la Revolución será de todos los venezolanos y habremos salvado a la Patria. Pero si para mal de la Patria fracasara, tendríamos que decir, sin que nada nos sirviera de excusa, que hemos sido nosotros mismos los asesinos de nuestra propia madre. (Grandes y prolongados aplausos).
(Versión taquigráfica de Juan Vicente Rodríguez).
Fuentes:
Paciano Padrón (1981) “COPEI. Documentos fundamentales 1946”, Ediciones Centauo, Caracas, 1981: pp. 61-78.
Fotografía: Discurso fundacional de Rafael Caldera. 1946. Enero, 13. A su lado, Gonzalo García Bustillos, José Antonio Pérez Díaz y Edecio La Riva Araujo: https://rafaelcaldera.com/fotos/1916-1946/.







