Historia DC Venezuela, Margarita Palacios

 

 MARGARITA PALACIOS, COLABORADORA DE LUIS HERRERA CAMPÍNS Y DE ARÍSTIDES CALVANI: UNA VIDA DEDICADA A LA VOLUNTAD DE SERVIR

 

MARGARITA PALACIOS CON LA MADRE TERESA DE CALCUTA


¿Qué significa y cómo se ejemplifica la "voluntad de servir" en política?

La "voluntad de servir" en política se refiere a la disposición genuina y al compromiso personal para priorizar los intereses y el bienestar general por encima de los propios. Es la motivación intrínseca que impulsa a un político a buscar el bien común, y actuar con ética y transparencia.

Una ciudadana venezolana ejemplar, que ha dedicado su vida al trabajo político internacional -especialmente en Centroamérica- es MARGARITA PALACIOS. Y lo ha hecho sirviendo con entereza, constancia y fidelidad a ARÍSTIDES CALVANI y a LUIS HERRERA CAMPÍNS, quienes en su vida de egregios humanistas cristianos tuvieron siempre presente la importancia de luchar por una Latinoamérica más justa, lo cual era imposible de lograr sin libertad. Y, en esa labor, lenta pero segura, contaron siempre con el esfuerzo incansable de Margarita.

CARMEN MARGARITA PALACIOS CABRÉ nació en Caracas, el 13 de septiembre de 1934, en la caraqueña parroquia de Santa Rosalía, en el número 128, ubicado entre las esquinas de Hoyo a Castán; sus padres fueron Alfredo Palacios Madriz, y Carmen Teresa Cabré. El Palacios paterno desciende directamente de la madre del Libertador Simón Bolívar. Sus abuelos maternos eran españoles de Cataluña. Margarita nació y creció en una familia numerosa: un total de nueve hermanos, seis varones y tres hembras, siendo Margarita el número cuatro.

Su padre fue administrador de la Hacienda Santa Teresa, en Aragua, donde residió la familia, y sus estudios formales se iniciaron allí. Tuvo como maestra e institutriz a Ana Luisa Hidalgo, de La Victoria, reconocida educadora aragüeña. Ya en Caracas, ingresará en cuarto grado en el Colegio Los Caobos. La secundaria la hizo en el Colegio La Guadalupe. Graduada de bachiller, Margarita trabajará inicialmente en el Banco Mercantil, pero luego ingresaría en la UCV, como estudiante de Historia.

Su destino, entonces, cambiaría radical y definitivamente: una amiga que trabajaba en el recientemente fundado IFEDEC (1962), el instituto formador de cuadros demócrata-cristianos nacionales e internacionales, le pidió a Margarita que le hiciera una suplencia por vacaciones. Ella aceptó, y entró a trabajar en ese instituto fundado entre otros, por ARÍSTIDES CALVANI; su colaboración fue más allá de una suplencia laboral, fue el inicio de una vocación para toda la vida.

CALVANI, de cuya muerte se cumplieron ya cuarenta años, contó, en el IFEDEC, con colaboradores que desde el primer día pusieron todo su entusiasmo y la voluntad de servir al humanismo cristiano; uno de ellos fue Margarita, viajera incansable, quien por años se dedicó a recorrer Latinoamérica, especialmente tierras centroamericanas. Y su labor fue de siembra fructífera: desde su colaboración en las labores del IFEDEC en la formación de líderes latinoamericanos, a las acciones para fortalecer a los partidos demócrata-cristianos y su lucha, por ejemplo en Centroamérica, contra los extremistas de izquierda marxista o de los viejos autoritarismos de derecha.

Margarita recuerda con pesar el viaje a Guatemala, en 1986, a la toma de posesión presidencial de Vinicio Cerezo. Fue de las primeras personas que recibió la noticia del accidente que le costó la vida a Calvani, su esposa Adelita, y sus hijas Graciela y María Elena; incluso regresó a Venezuela en el avión que trajo sus restos.

Por su parte, Luis Herrera Campíns -en la Organización Demócrata Cristiana de América, luego en el ejercicio de la presidencia en Venezuela, y posteriormente en la secretaría general de la Internacional Demócrata Cristiana- dedicó una parte muy importante de sus labores y desvelos a trabajar por la paz y reconciliación de los pueblos, en especial en este sufrido continente nuestro. Y para ello, contó con los esfuerzos valiosos de muchas mujeres entregadas de alma y corazón a la lucha por la libertad, la justicia, la paz en nuestros pueblos y la democracia, siguiendo los principios del humanismo cristiano.

Y en esa labor, tuvo como colaboradora fundamental a MARGARITA PALACIOS. Puede afirmarse, sin exageración alguna, que no ha habido otro enviado y funcionario venezolano que fuera más conocido por los jefes de Gobierno y líderes partidistas centroamericanos -especialmente los demócratacristianos- que nuestra querida Margarita. Primero en el IFEDEC, luego en la ODCA, y después como comisionada para las relaciones internacionales del presidente Herrera Campíns.

En el primer Gobierno del presidente Rafael Caldera tuvo la oportunidad de trabajar y compartir experiencias con ilustres compatriotas como Enrique Pérez Olivares, Guido Díaz Peña, Luis Alberto Machado, y, por supuesto, el entonces secretario general de la ODCA, Luis Herrera Campíns.

En sus viajes, pudo encontrarse y conocer a personalidades hoy reconocidas mundialmente, como la Madre Teresa de Calcuta, y el teólogo y arzobispo brasileño Helder Cámara; y en el ámbito democristiano, tuvo amistades entrañables donde destacan los expresidentes Vinicio Cerezo (Guatemala) Rafael Ángel Calderón (Costa Rica), Miguel Ángel Rodríguez (Costa Rica), Leslie Manigat (Haití), Osvaldo Hurtado (Ecuador), Eduardo Frei Montalva (Chile) y Napoleón Duarte (El Salvador).




MARGARITA, JUNTO A VINICIO CEREZO, LUIS HERRERA CAMPÍNS Y NAPOLEÓN DUARTE


Mención muy especial merecen los encuentros -fueron dos, durante la presidencia de Luis Herrera Campíns- con la Madre Teresa, que para Margarita fueron inolvidables, al punto que marcaron su vida. El primero, como enviada especial para buscarla en Panamá, y acompañarla en su viaje y estancia en Venezuela; el segundo, acompañándola en un viaje a Haití, en agosto de 1982.

En este segundo viaje, durante la visita a una de las casas de ayuda a la infancia (niños abandonados) que era auspiciada por la Madre Teresa, Margarita pudo ver de primera mano la digna y hermosa labor que realiza su orden, bajo su guía y ejemplo. Luego, el impacto fue mayor: visitaron una casa para moribundos, personas humildes ya desahuciadas, a las que se presta auxilio y consuelo. 

En las casas visitadas, resaltaba siempre esta frase: "Tengo sed",  unas de las últimas palabras dichas por el Señor en su crucifixión. 

Durante ese viaje, la Madre Teresa asimismo le regaló a Margarita, de su puño y letra, esta hermosa oración que puede leerse abajo (traducción al castellano):

“María, Madre de Jesús, dame tu corazón, tan hermoso, tan puro, tan lleno de humildad y amor. Que yo pueda recibir a Jesús en el Pan de Vida, amarlo como tú lo amaste, y servirlo bajo el angustioso manto de los pobres”.




Asimismo, le dio este mensaje, de su puño y letra:




("Querida Margarita, se santa, porque, Jesús, que te ama tanto, es santo. Que Dios te bendiga").


Como despedida, la Madre Teresa le dice a Margarita esta frase inolvidable: "Margarita, no te olvides, que el que menos tiene es quien más te puede dar".

Margarita no fue solo una funcionaria eficaz e incansable en sus labores; ella ha sido siempre sobre todo una buena persona, una colaboradora fraterna, una cristiana que practica los valores en los que fue educada.

Nadie supo que Margarita, siendo una humanista cristiana infatigable, sólo se inscribió en Copei cuando Luis Herrera Campíns asumió la presidencia del partido en 1994.

¿Qué implica ser "una buena persona" para Margarita? Ser "una buena persona" para ella ha significado siempre ir más allá de tener buenas intenciones o ser amable. Se trata de un concepto profundamente ligado a una profunda ética, con integridad y responsabilidad en el servicio público que ha marcado siempre su vida. Ella supo construir una ética personal centrada en la dignidad, la lealtad, y una caudalosa generosidad en el servicio público.

En resumen, para ella ser una "buena persona" ha sido un ideal que va mucho más allá de la moralidad individual. Se traduce en valores que han sido los pilares sobre los que ella ha construido su vida, ejemplar, admirable y honesta.


Historia de Venezuela - Ildelfonso Riera Aguinagalde

 “ILDELFONSO RIERA AGUINAGALDE, IDEAS DEMOCRISTIANAS Y LUCHAS DEL ESCRITOR”




 Gehard Cartay Ramírez



 

Tal vez poco conocido, Ildelfonso Riera Aguinagalde (1834-1882) fue un político, médico, ideólogo y escritor caroreño, nacido el primero de febrero de 1834, a quien algunos han señalado como precursor de las ideas demócratas cristianas en Venezuela, a mediados del siglo XIX.


Esta biografía suya, publicada en 1991 por la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia y escrita por el historiador y periodista, también caroreño, Luis Oropeza Vásquez, retrata a un personaje impar que, además, fue combatiente en la Guerra Federal al lado de los generales Juan Crisóstomo Falcón y Ezequiel Zamora, será luego gobernador provisional de Barquisimeto, diputado a la Constituyente de 1864, Ministro de Relaciones Exteriores en 1869 y 1877 y de Hacienda en 1979. Murió en París el 24 de marzo de 1882, a los 48 años de edad.


El libro en comento, aparte de su subtítulo, trae algunas informaciones que presentan al personaje como un fiel practicante católico, creyente igualmente en la necesidad de aplicar algunos principios del cristianismo en la acción política y de gobierno, es decir, como alguien que hoy podría ser catalogado como un demócrata cristiano.


“Él creía -sostiene Oropeza Vásquez- que los verdaderos cristianos deben estar al servicio de las mejores causas sociales, luchar por la redención de los pueblos, víctimas de las injusticias, de la incultura y de la explotación. En la doctrina cristiana, que debe nutrir la savia vital del verdadero catolicismo, está la fuente de la redención popular”.


Agrega el autor que el pensamiento de Riera Aguinagalde “busca cauces renovadores, plantea a veces profundos cambios sociales, políticos y económicos, como si hablara en esta inquietante y avanzada segunda mitad del siglo XX”. Igualmente, nuestro ilustre personaje, creía que “el cristianismo está llamado a librar las mejores batallas por los oprimidos, si sabe ser leal a sus propósitos de redención y a su elevado concepto de la dignidad humana”.








Riera Aguinagalde fue un acucioso estudioso de las encíclicas papales y otros documentos de la Iglesia Católica y, si bien es cierto que aún en su tiempo vital no se había formulado formalmente la Doctrina Social de la Iglesia -lo que hará el Papa León XIII a finales del siglo XIX-, no lo es menos que ya entonces se habían venido publicando varios pronunciamientos de la jerarquía católica sobre la cuestión social.


Este libro constituye un interesante material de consulta histórica sobre algunos antecedentes importantes del pensamiento demócrata cristiano en Venezuela, aparte de biografiar a un personaje singular de la Venezuela del siglo XIX.





Historia DC Venezuela - Campaña electoral 1958

 

CALDERA EN EL ZULIA


Rafael Caldera, discurso, 1958.

Rafael Caldera durante un discurso en la campaña presidencial de 1958.

Foto tomada de rafaelcaldera.com



Luis Herrera Campíns

La presencia de Rafael Caldera, candidato presidencial nacional lanzado por la VII Convención del Partido Socialcristiano COPEI, en el Estado Zulia, reviste gran importancia en la actualidad política y cultural de Venezuela.

Caldera ha ido al Zulia en campaña electoral, a dejar en todos los espíritus su palabra de concordia y de fe en los destinos superiores e históricos de Venezuela. Como dirigente y como político, Caldera es un modelo de equilibrio, un prodigio de serenidad. A temprana edad ha alcanzado honores y respeto que muchas veces, en la mayor parte de los casos, se logran después de una larga vida, luego de un lento proceso de decantación. Caldera tiene la virtud del análisis y de ahí la extraordinaria admiración que despiertan sus enfoques en los cuales contempla desde los planos y aspectos generales fácilmente captables por cualquier mente hasta detalles al parecer intrascendentes, a los que les descubre su desapercibida importancia. A la facultad analítica une la facilidad sintética. Decir mucho en pocas palabras. No perder tiempo en perífrasis, sino ir en forma directa al meollo de los asuntos, a los entretelones causales de los hechos y fenómenos sociales. Tarea difícil es de ordinario resumir pensamiento creador en pocos vocablos, darle profundidad a la frase. Inclusive, prosistas sobresalientes requieren castigar severamente su estilo para comunicarle características sintéticas. Pero en Caldera, fuera de esas dos grandes cualidades, hay una tercera excepcional: la brillantez, ponerle fino toque de elegancia a lo tratado. Por eso, Caldera es claro. Porque camina sin andar a tientas, razonando cada paso, tocando terreno firme de argumentación en la marcha. Yo recuerdo que un día, durante la Constituyente bajo el régimen de la Junta Revolucionaria de Gobierno, salía contentísimo de su actuación en un debate con Andrés Eloy Blanco, el inigualable parlamentario venezolano. “A mí me cuesta —dijo— construir una metáfora o hacer una figura retórica. Pero, en cambio, para la discusión poseo esa cualidad, que muchos podrán calificar de jesuítica, de saber hasta donde, en la penumbra, llega la luz y dónde comienza la sombra”...


Fuera de los móviles políticos de la visita de Rafael Caldera al Zulia, porción nacional donde goza de dilatado prestigio y a la que quiere y admira por mil razones, hay también, causas de tipo universitario que lo hicieron acelerar la realización de una gira retardada desde hace tanto tiempo. Caldera ha de recibir el título de Profesor Honorario de la Universidad del Zulia. Quizá, si su intención no ha cambiado en las últimas horas, el tema de su discurso versará sobre la importancia y la integración de las regiones en la vida nacional y en el Estado, un tema apasionante muy pocas veces analizado con total serenidad, calma absoluta, mente fría y ánimo desapasionado.

Para Caldera no hay satisfacciones superiores a las que ha obtenido en el campo fértil de la Universidad. Ese título honorario que se ha dignado conferirle el cuerpo rector del Alma Máter zuliana lo ha llenado de orgullo, de entusiasmo, de alegría. Luchador estudiantil en pro de la Reforma Universitaria por largos años, en los 16 que lleva de catedrático universitario ha seguido conservando el espíritu de la Universidad. Caldera puede renunciar a su profesión, al ejercicio constante de que es tan devoto, pero nunca a sus cátedras. Caldera concibe la Universidad como una vivencia. Formado en las fuentes que abrevó y contribuyó a la vez a acrecentar don Andrés Bello, pasión de su vida lo constituye el desvelo universitario. De la cátedra, tiene Caldera un concepto moderno, amplio y ágil. El no es el profesor modoso, que se precia del orden liceísta a, b, c, de su exposición. Siendo metódico, no utiliza procedimientos escolares en la exposición de las asignaturas a su cargo.

Hay una manera de enseñar que consiste en señalar los conocimientos, machacarlos en la mente del alumno, insistir sobre ellos en un orden perfecto. Hay profesores con subtítulos y subrayados, en exceso metódicos. Esta no es la manera docente de Rafael Caldera. Los puntos del programa los expone en forma general, con su inmenso poder de análisis, a veces con una elocuencia tan arrebatada que los “buenos” estudiantes de apuntes para el caletre casero se desesperan por la rapidez oral de su exposición. Lo formidable de Caldera como profesor no sólo es la maestría y profundidad con que trata los temas, sino la amplitud de horizontes que busca abrir en el espíritu de los estudiantes. Lo que sugiere, lo que insinúa, lo que relaciona, lo que asocia, las inquietudes que despierta. El conocimiento que se adquiere en la Universidad debe ser una panorámica sobre la problemática del hombre y del saber. La Universidad no forma sabios; señala los caminos que debe recorrer el esfuerzo personal para alcanzar la sabiduría. La Universidad viene a ser eso: norma de vida, tanto para la dignidad como para el conocimiento.

Así, en forma apresurada, he querido escribir estos comentarios para mis queridos amigos del Zulia, encantados con la visita de Caldera. En una tierra generosa y previsora como la zuliana, la palabra y las enseñanzas de Caldera encuentran abonado terreno de inteligentes espíritus y despiertos corazones. Maestro de dignidad en un país donde a menudo se comercia con las convicciones y hasta con la honradez, al entrar de nuevo en contacto con el pueblo zuliano, estoy seguro de que Caldera habrá reforzado su fe en los destinos nacionales y recibido alientos para una empresa donde campean por sobre cualquier otro concepto la noción de servicio, la revalorización del espíritu y su proyección social.



Artículo publicado en "Panorama", periódico zuliano,  el 19-10-58. Luego reproducido en "LUIS HERRERA CAMPÍNS - Palenque - Retrospectiva de un compromiso con Venezuela", publicación del Fondo Editorial IRFES,  compilación de Guillermo Yepes Boscán. Maracaibo, 1979




Historia DC Venezuela

 

CAMPAÑA ELECTORAL DE 1947: UNA FOTOGRAFÍA SINGULAR



FOTO TOMADA DE LA PÁGINA WEB RAFAELCALDERA.COM



Campaña electoral de 1947: atravesando un río llanero -seguramente en Portuguesa, a juzgar por la placa de uno de los vehículos- y a bordo de una balsa, en esta vieja y borrosa fotografía, aparecen, de izquierda a derecha, Rafael Caldera, candidato presidencial de Copei, Eduardo Tamayo Gascue, Luis Herrera Campíns, Rafael Angel Cartaya y Rodolfo José Cárdenas, entre los identificables. 


Historia de Venezuela

 


La dura transición de 1958




 

La caída de Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 dio inicio a lo que ahora se llama una transición política. Antes, en otras circunstancias históricas, se había dado con Eleazar López Contreras para salir del gomecismo en 1936, y con la Junta Revolucionaria de Gobierno -derivada de los sucesos del 18 de octubre de 1945- para avanzar hacia el establecimiento de la democracia representativa. Sin embargo, en 1958, con todos los elementos que los científicos sociales contemporáneos citan para caracterizar a las transiciones, teníamos un pueblo crecientemente organizado y movilizado, partidos que eran convincentemente tales, unas Fuerzas Armadas que necesitaban reinstitucionalizarse, una industria petrolera vigorosa y un país predominantemente urbano.

 

No bastaba con la sustitución de Pérez Jiménez, sino era indispensable el concurso de un liderazgo fortalecido para caminar hacia la efectiva democratización el país, en respaldo de la Junta de Gobierno presidida por el contralmirante Wolfgang Larrazábal que debió afrontar una grave situación social (por ello, el Plan de Emergencia), una difícil coyuntura petrolera (las restricciones voluntarias de Estados Unidos para importar el crudo), y una dura resistencia de grupos, logias, movimientos y otras expresiones reaccionarias y autoritarias.

 

COPEI prestó toda la cooperación posible, en un ambiente de unidad nacional, para afrontar situaciones muy ásperas, peligrosas y definitivamente violentas. Significaba una constante movilización de toda su dirigencia en Caracas y en todas las localidades del país para que sus líderes personalmente asumieran la responsabilidad de respaldar y sostener a la Junta de Gobierno. Y, como podemos apreciar e la gráfica, Rafael Caldera, no dudaba en prestar su apoya frente a cualquier coyuntura por muy grave que fuesen los riesgos, al igual que todos los demócrata-cristianos del país. Vemos al yaracuyano junto a otros referentes de los partidos democráticos junto a Larrazábal en un acto de apoyo a su gestión transicional que fue de una complejidad que bien merece la atención de los transitólogos de la actualidad. El orador en ese momento es Jóvito Villalba. 

 

En dos oportunidades harto dramáticas, COPEI estuvo con esta transición, como en julio y en septiembre de 1958 cuando se alzaron nada más y nada menos que el ministro de la Defensa, Jesús María Castro León, o una serie de oficiales encabezados por Juan de Dios Moncada Vidal, entre otros, en una faena que resultó sangrienta.




23 de enero de 1958 - Humberto Calderón Berti

 

El 23 de enero de 1958 visto por un liceísta 





 Humberto Calderón Berti



Publicada en La Gran Aldea, el 27 de enero de 2020



Lo ocurrido en Venezuela el 23 de enero de 1958 ha sido relatado con lujo y detalles por historiadores y por protagonistas de primera línea de esos acontecimientos, entre ellos mi amigo y admirado Enrique Aristeguieta Gramcko, miembro de la Junta Patriótica de esos años.

Esta crónica es algo simple, recoge mis vivencias de esos meses siendo estudiante del Liceo Andrés Bello de Caracas. Venía yo de mi pueblo Boconó, estado Trujillo, y del Colegio La Salle de Barquisimeto, donde había terminado primaria y parte de bachillerato. Caracas era, para un muchacho de la montaña y de Barquisimeto, una urbe monumental con sus autopistas, avenidas y edificios.

Mi experiencia vivida la deben haber pasado miles de jóvenes de provincia que veníamos a la capital a buscar oportunidades de formación, ya que en esos tiempos sólo existían en Venezuela tres universidades: La Central de Venezuela en Caracas; la Universidad de los Andes en Mérida, y la Universidad del Zulia en Maracaibo. Nuestra familia se vino a Caracas porque aquí, según mi madre, estaban los que iban a ser chivatos, expresión boconesa para la gente que llegará a ser importante. La verdad es que yo no entendía mucho el razonamiento de mi madre, pero en materia educativa ella era quien llevaba la batuta en nuestra casa, pues así se hizo. Recalamos en Caracas, y por la generosa mediación del paisano, muy querido en la familia, el profesor Oscar Zambrano Urdaneta, ingresamos, mi hermana mayor y yo, al Liceo Andrés Bello, dirigido en aquel entonces por el profesor Fidel Orozco. Aquel liceo era, si no el más importante, de entre los tres primeros de la capital.

“Tras la caída de Pérez Jiménez, empezamos con una transición, luego elecciones y 40 años de democracia. Con todos sus defectos, los mejores años que ha tenido nuestro país desde que existe como República”

En noviembre de 1957 se comenzaron a agitar las aguas políticas en la Universidad Central de Venezuela, concretamente el 21 de ese mes hubo importantes manifestaciones estudiantiles.

La historia gruesa de grandes acontecimientos y hechos importantes la recogen historiadores y eruditos; la historia menuda de menor relevancia, pero historia al fin, es la que vive el ciudadano de a pie. Este relato será el de un muchacho de provincia de apenas 16 años que se sintió deslumbrado, como miles de igual procedencia, por la maravillosa urbe que era Caracas en ese entonces.

Para esa época yo no tenía muchas inquietudes políticas, entre otras cosas, porque la dictadura de Marcos Pérez Jiménez no lo permitía y todo era una conspiración, que era duramente reprimida o sancionada por el régimen. Mi única experiencia, en ese sentido, era acompañar a mi tío, Arturo Calderón Paolini, a tirar volantes en las noches por las calles desoladas de Boconó; solíamos salir en carro, él manejando y yo de copiloto, a soltar papeles en contra de la dictadura en las desoladas calles en las horas de la noche. No siendo Boconó una población, en esos años, de más de 10 o 15 mil habitantes, era algo casi rutinario que al día siguiente se presentara la Seguridad Nacional a recoger al autor de semejante desafío al régimen. Aquello se convirtió en algo rutinario, mi tío vivía en casa de mi abuelo y este último encontró la manera de exorcizar a la Seguridad Nacional de los espacios de la casa. Se compró una foto de Pérez Jiménez y la puso, después del San Juan, en la morada. Dicho y hecho, se acabaron las visitas de la Seguridad Nacional. Por cierto, el primero de enero de 1958 yo estaba pasando vacaciones decembrinas en la casa de mi abuelo en Boconó, cuando se produce el alzamiento de la aviación y de Hugo Trejo; recuerdo vivamente que mi abuelo Carlos cogió el retrato de Pérez Jiménez y lo metió debajo de la cama y dijo de una manera socarrona: “¡Esta vaina se jodió!”, pero eso no fue exactamente así, faltaban otros acontecimientos, pero vamos primero al mes de noviembre.

Los desórdenes de manifestaciones en la UCV tuvieron su clímax el 21 de noviembre, para esos días los muchachos del Liceo Andrés Bello, y otros de Caracas, lanzábamos papeles en los alrededores de las instituciones educativas contra la dictadura. Algunos de nosotros estábamos en las puertas del Liceo, en su entrada por la Avenida México volanteando, como se dice ahora. Se presentó la Policía de Caracas y comenzaron a hacer lo que eventualmente hacían: “Darnos plan de machete”. Recuerdo haberles dicho a mis compañeros que estábamos en la entrada del Liceo que dejáramos los papeles dentro. Así lo hicimos y salimos nuevamente, pensando, erróneamente, que la policía no nos haría nada.

“El ejemplo de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, que antepusieron sus intereses personales y, a pesar de sus diferencias, supieron superarlas en las horas de la necesaria unidad, por eso tuvimos tantos años de democracia”

Comenzaron las peinillas a cortar el aire y nosotros a correr.  Traté de salir por la Avenida Bolívar, por un taller que quedaba entre el Liceo y esa vía. No me percaté que no había salida hacia la avenida. Detrás venía un policía, que, finalmente, cuando lo tengo al lado levanta la peinilla para iniciar su faena. Nos miramos a los ojos y le dije: “No me pegue, carajo, porque usted no sabe quién soy yo”. En esa época, como en muchas otras, los hijos de los jerarcas del régimen solían, algunos de ellos, participar en las manifestaciones; el policía pensaría que yo era uno de ellos y por eso sólo me apresó.

Del Liceo me enviaron con un grupo a la Policía de Caracas que estaba al lado de la Iglesia de San Jacinto, frente al Congreso Nacional. Allí nos pusieron en fila por orden de tamaño. El primero, por ser el más alto, fue Fernando Ochoa Antich, quien posteriormente sería Ministro de Defensa de Carlos Andrés Pérez en su segundo gobierno, el tercero era yo. A los tres primeros nos mandaron a la Seguridad Nacional. Al llegar nos introdujeron en una sala donde había varios funcionarios y un letrero que decía: “Lo que aquí se ve y aquí se escucha, aquí se queda”. Cuántas cosas se nos pasaron por la mente con esa simple advertencia. Era para esperar lo peor.

Al rato entra un señor alto y gordo, por lo menos así lo vimos. Los funcionarios se pusieron de pie y se colocaron sus sacos. El señor gordo voltea y nos dice a Fernando y a mí: “Ustedes que son los cabecillas de los movimientos en el Liceo Andrés Bello…” -recuerdo haberle dicho- “¿Qué movimiento y qué cabecillas?”. En eso me preguntó: “Catire, ¿cuántos años tienes?”. No entendí lo de ‘catire’, pero imagino que era por el color de mis ojos, y le contesté: “16 años”. Dirigiéndose a sus subalternos les dijo: “¿Por qué los trajeron para acá? Esta vaina se hizo para hombres”. Eso nos libró de las palizas que sí se les daban a los estudiantes universitarios.

A los 14 que éramos del Liceo nos metieron en una celda y nos estuvieron interrogando en la noche, uno a uno. Escuchamos quejidos y alaridos de otros presos, pero a nosotros no nos tocaron. Al día siguiente tuvimos la presencia de un ilustre visitante que ninguno de nosotros conocía, Pedro Estrada. Era el jefe de la Seguridad Nacional. Parecía un dandy en lugar de un policía, la estampa no le hacía honor a su condición de la tenebrosa policía política. De regular estatura, pelo negro engominado, dentadura blanca perfecta. Su traje le hacía lucir como un lord inglés, con una esmeralda verde en la corbata. Su tertulia con nosotros fue en términos educados, casi paternales. Se me quedó en la memoria sólo una frase cuando dijo: “Muchachos, a ustedes por meterse con mi general Pérez se les arruinó la vida”, y así fue, o por lo menos creímos que serían nuestras vidas.

“El avión despegó hacia el oeste y comenzó una algarabía en la gente, ahí iba el dictador Marcos Pérez Jiménez con su familia y su gente de confianza. Terminaba así una pesadilla de 10 años de dictadura”

Nos expulsaron del Liceo y tuvimos que irnos a colegios privados. En mi familia tuvimos noticias de un colegio en Altamira que estaba recibiendo jóvenes que estaban pasando por algunas penurias. Su directora era la profesora Eunice Gómez, muchos años más tarde me enteré que simpatizaba con el Partido Comunista de Venezuela, pero eso no duró mucho tiempo. Luego vino el alzamiento de Hugo Trejo con los blindados del Cuartel Urdaneta y los militares de la aviación. La insurrección fue controlada, pero mostró las fisuras de un régimen que se pensaba era monolítico con apoyo de la Fuerza Armada.

A los pocos días, por presión del general Rómulo Fernández, jefe del Estado Mayor, además de compadre y amigo de Pérez Jiménez, fueron destituidos el Ministerio del Interior, Laureano Vallenilla Lanz y el jefe de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada. La procesión iba por dentro, el malestar de la Fuerza Armada iba creciendo. Los grupos políticos agrupados en la Junta Patriótica trabajaban afanosamente por derrocar a la dictadura. A los pocos días el general Rómulo Fernández fue llamado a Miraflores y allí fue tomado preso. Luego fue trasladado a República Dominicana.

Vino la huelga del 21, se pensaba que la caída del régimen era cuestión de días y así fue… El 23 de enero, en la Urbanización Bello Campo, al lado de La Carlota, donde yo vivía, se escuchó el rugir de los motores de un avión, una cosa extrañísima porque ahí no había operaciones nocturnas. El avión despegó hacia el oeste, lo cual tampoco era habitual. Comenzó una algarabía y la gente le disparaba al avión con la irreal esperanza de derribarlo. Ahí iba el dictador Marcos Pérez Jiménez con su familia y su gente de confianza. Terminaba así una pesadilla de 10 años de dictadura.

Empezamos con una transición, luego elecciones y 40 años de democracia. Con todos sus defectos, los mejores años que ha tenido nuestro país desde que existe como República. Nadie pensó que 40 años más tarde nos vendría la tragedia que hoy vivimos. Que el país sería destruido en sus cimientos institucionales, éticos, morales y en la infraestructura productiva y de servicios.

Pero que de algo nos sirva la enseñanza del 23 de enero de 1958 para volver a ser libres, y tener una nueva y mejor democracia: El ejemplo de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, que antepusieron sus intereses personales y, a pesar de sus diferencias, supieron superarlas en las horas de la necesaria unidad, por eso tuvimos tantos años de democracia, entre otras cosas.


Historia de Venezuela, Rafael Caldera,

 

Reflexiones para los treinta años del 23 de enero







RAFAEL CALDERA



Columna de Rafael Caldera «Panorama», escrita para ALA y publicada en El Universal, del 27 de enero de 1988.


Al cumplirse el 23 de enero 30 años de la instauración del régimen democrático en Venezuela, han abundado las inevitables recordaciones, los indispensables análisis y los numerosos planteamientos. Se ha considerado que la circunstancia de coincidir la fecha con la proximidad formal y la intensidad actual real de la campaña por las elecciones presidenciales ha privado a la opinión de capacidad de análisis, entorpecido la objetividad crítica y salpicado todos los comentarios con la salsa que cada quién le pone, según su inclinación, a la controversia política. Lo mismo pudo decirse de las «bodas de plata» hace cinco años y del vigésimo aniversario, hace diez: por el hecho elemental de que los períodos constitucionales duran cinco años y el primero comenzó a ventilarse en el mismo momento del derrocamiento de la dictadura, con miras a las elecciones planeadas para diciembre de 1958. Cada cinco años la fecha coincide con la pugna electoral.

Dentro de los análisis, hay una circunstancia que comúnmente se destaca: la duración de este sistema de gobierno, que ya lleva seis lustros y por los reiterados contratiempos sufridos atrás en los intentos por establecer la libertad (por «plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía», como lo dijo en su última proclama el Padre de la Patria), no dejaba de ofrecer continuas dudas acerca de su viabilidad y permanencia. Se dice y se repite que el régimen democrático es el que ha tenido mayor duración en nuestra historia republicana, lo cual constituye o no una verdad según se aprecien y cataloguen los sistemas de gobierno anteriores. Por ejemplo, si el régimen gomecista se computa a partir del 19 de diciembre de 1908, día en que el Encargado de la Presidencia se decidió a desconocer al presidente Castro y a gobernar por su cuenta, duró 27 años; pero si se considera que el gobierno de Gómez fue uno y lo mismo –salvo las diferencias de modo de ser entre uno y otro caudillo– con el de su compadre don Cipriano, del cual fue todo el tiempo y sin interrupción vicepresidente de la República don Juan Vicente, entonces había que asignarle una duración de 36 años. ¡Cualquier cosa! Y si al gobierno que Gil Fortoul llamó de «la oligarquía conservadora» (1830-1848) y al siguiente, que denominó de la «oligarquía liberal» (1848-1858) con el quinquenio que comenzó con la Revolución de Marzo y concluyó con la dictadura de Páez (1858-1863), se les considera conjuntamente como una etapa histórica, su existencia, de 1830 a 1863 habría cumplido 33 años. Más aún: si se cuenta la presencia hegemónica del general Páez desde la Batalla de Carabobo (1821) hasta 1863, alcanzaría a 42 años, con las interrupciones sabidas. 35 años corresponderían, después, al gobierno del «liberalismo amarillo», que comenzó con Falcón (1863) y se prolongó –salvo el breve interregno de gobierno de los «azules»– a través de Guzmán Blanco y Crespo hasta la llegada de «los andinos al poder» (1899), con el lema de «nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos», lema proclamado por el audaz guerrero que desde Capacho hasta Tocuyito realizó una hazaña militar que sus áulicos comparaban con la Campaña Admirable de Bolívar.

No es, sin embargo, el momento para esas disquisiciones históricas. Lo importante es señalar que la democracia ha durado lo que muchos no creían; pero más importante todavía es que está en pie y que su propia índole la llama a convertirse en un modo permanente de vida y de gobierno y que sus fracasos o carencias no son fracasos o carencias de la democracia, sino de los llamados a instrumentarla, a preservarla, a corregirla y orientarla y no precisamente a usufructuarla y deformarla.

En los ejemplos antes citados, tanto en la República que el historiador Gil Fortoul (sin la aquiescencia de otros importantes historiadores, como Augusto Mijares) calificara de oligárquica, como en el régimen del liberalismo amarillo, que empezó con el triunfo de la revolución federal hasta la muerte de Crespo y caída de Andrade y en el gobierno de los generales Castro y Gómez, hubo evidentes alternativas internas. Páez y Monagas, Guzmán Blanco y Crespo tuvieron marcadas diferencias: también las han tenido los gobiernos democráticos en los distintos quinquenios de estos 30 años. Considerarlos como una sola cosa no corresponde a la realidad. Pero lo importante será que el sistema dentro del cual se mantiene la libertad (por encima de las contradicciones), se practica el sufragio universal (aun cuando se reconozcan sus imperfecciones) y se hacen esfuerzos por alcanzar la igualdad y la justicia (aunque el objetivo se distancia a veces más de lo aceptable), continúe siendo el piso sobre el cual se muevan todas las aspiraciones hacia la renovación dinámica de la vida social y política.

En este trigésimo aniversario han predominado la nostalgia de quienes por una razón u otra tuvieron rol de actores en el episodio del derrocamiento del autócrata y la crítica acerba que hacen otros, de los errores y fallas que se atribuyen al sistema y que, si bien se acompañan con la salvedad de que siguen considerando a la democracia, conforme lo declara el preámbulo de la Constitución, como «el único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos», dejan un amargo sabor de frustración y a más de uno le producen la sensación de que nada hay que esperar de ella, así de mal se la ve y así de frustráneos se pintan su presente y –lo que es más grave– su porvenir.

Soy uno de los convencidos de que estamos en un momento especialmente delicado. Es progresiva la falta de credibilidad por la palabra de los dirigentes. Se deteriora a pasos largos la confianza del país en los más importantes baluartes del sistema, que son y deben ser los partidos políticos. El esfuerzo para superar esta coyuntura debería estar a la medida del desánimo y la desconfianza creciente que hay que conjurar. Pero, al mismo tiempo, es indispensable poner fuera de duda el compromiso nacional de salvar y robustecer el sistema iniciado el 23 de enero de 1958. No sólo por todo lo que costó alcanzarlo y por todo lo que ha costado mantenerlo, sino por todo lo que a través de más de un siglo no fue posible superar y que los corifeos de una «sociología pesimista» consideraron inherente a nuestro modo de ser nacional. Hay que convencer a nuestro pueblo de que definitivamente murió para siempre el vía crucis que nos llevó más de cien años de batacazo en batacazo.

Los venezolanos nacidos o educados después del 23 de enero no saben –gracias a Dios– lo que hubo que enfrentar para que ellos y todos nosotros disfrutáramos del privilegio que el Creador otorgó al ser humano, de pensar, hablar y actuar de acuerdo con los dictados de la propia conciencia. Ignoran –felizmente– las terribles decepciones que sufrieron los compatriotas que a través del tiempo sintieron el deber de rescatar la dignidad ciudadana frente a las autocracias y lucharon por conseguir ese objetivo. No saben, por ejemplo, que la pléyade de intelectuales que rodearon a Gómez y sirvieron con él fueron, en su mayor parte, estudiantes revolucionarios que comenzaron su acción política combatiendo a Guzmán y que se ilusionaron cuando Rojas Paúl dejó derribar sus estatuas y vieron frustrarse esperanza tras esperanza hasta aceptar, cansados, como una fatalidad, la de rodear al déspota y tratar de servir al país a su modo y que los que mantuvieron hasta el fin su rebeldía, unos porque aspiraban a gobernar del mismo modo que aquel a quien combatían, pero otros movidos por un sincero ideal de patriotismo, inmolaron sus años sin obtener, la mayoría de ellos, un póstumo recuerdo para su sacrificio.

A los jóvenes hay que enseñarles la historia, repetirles la historia, explicarles la historia, para que no pierdan la noción de lo que se ha obtenido a partir del 23 de enero y es prioritario salvaguardar. El mundo que nos rodea está perturbado. La democracia ha regresado a América Latina después de una trágica interrupción que todavía perdura en país de tanta tradición democrática como Chile, pero los politólogos están de acuerdo en que todavía es frágil la contextura de las nuevas democracias latinoamericanas. La nuestra ha lucido sólida, pero debemos preservarla. Y para ello debemos tener el cuidado de evitar lo que la descalifique, lo que la devalúe. Luchar, sí, para mejorarla, para enmendarla, para perfeccionarla. Pero sin poner en duda, ni un momento, su superioridad sobre cualquier otra pretendida solución. Ni poner los ojos, como en el pasado, en fantasmagorías que encandilan al pueblo y después le propinan un trágico despertar.